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Fitzgerald, de moda

Como arte menor que es, el cine siempre corre el riesgo de rebajar a la buena literatura

La Razón / Wálter I. Vargas

02:29 / 01 de junio de 2013

Es una manera grosera de decirlo, claro; de decir que Scott Fitzgerald es nuevamente motivo de interés, como se lo merece. La publicación en español de las cartas que le dirigiera a su única hija y una nueva versión fílmica de El gran Gatsby así lo demuestran. ¿Leeré alguna vez esas cartas? No lo sé; ¿veré la película? No creo. He visto la que protagonizaron Robert Redford y Mía Farrow hace muchos años, y basta creo para convencerse de que, como arte menor que es, el cine siempre corre el riesgo  de rebajar a la buena literatura.

Además, he leído que esta nueva “peli” de la famosa historia del frustrado romántico millonario viene acompañada con música actual. Algo para acobardarse de ir a verla. Una novela es también un documento, y esa preciosa obra de arte que es El gran Gatsby seduce también por su pintura de un mundo determinado. Pero claro, si sólo fuera un documento, nada o casi nada sería. Acabo de leer sus 200 páginas por tercera vez y ha vuelto a encantarme la verdadera lección que encierran acerca de cómo hacer una novela. Por lo menos estoy seguro de eso en cuanto a dos o tres elementos: un personaje o un grupo de personajes potentes y bien construidos a lo largo del texto, una historia interesante, y un narrador que se encarga de ambas cosas con una estrategia que seduce.

Digo esto además en alusión a que estos días se ha estado escribiendo en nuestro medio acerca del legado literario dejado por el recientemente finado Jesús Urzagasti (QDDG). Pues confieso estar desconcertado. Algunos se refieren a libros como De la ventana al parque o Los tejedores de la noche en términos de novelas (con la poesía no me meto). Y como eso es discutible, me parece que es preferible que no lo sean, porque si son novelas, son en verdad muy malas novelas.

Una galería interminable de esbozos de personajes que apenas aparecen, vuelven a desaparecer, antes de que el lector comience a conocerlos no hacen una novela. Desparramarlos de esa manera sólo los condena al olvido; que se encuentren o hubieran podido encontrarse, se vuelve irrelevante. Y si algo caracteriza al novelista que ha hecho algo valioso es crear un personaje inolvidable, por lo que sea, y aun mejor si varios. Dicho lo cual, vuelvo a Gatsby. Huelgan los elogios y no hay espacio para tratar de describir la habilidad verbal y la inteligencia irresistibles que posee Nick, el narrador amigo de Gatsby (confío en que la traductora no ha mejorado lo que Fitzgerald ha escrito en inglés, porque si no, no hubiera sido traductora, sino, una gran escritora). Y para colmo, también él es un personaje que cautiva (cómo no va a serlo alguien que dice “soy una de las pocas personas honradas que conozco”). En cuanto a Gatsby, he aquí la conclusión que Nick saca de los hombres, después de pensar en la vida de su amigo: “Ninguna cantidad de fuego o frescura puede ser mayor que aquello que un hombre es capaz de atesorar en su insondable corazón”. Vale por diez manifiestos que desbaraten el infundio de la insensibilidad masculina propagado por el terrorismo discursivo feminista.

De pronto, en medio del melodrama frívolo que aparenta ser todo el tiempo la historia de estos ricos que nunca han trabajado y lo tienen todo, Daysi, la chica que sigue amando Gatsby, dice aterradoramente: “¿Qué va a ser de nosotros esta tarde?... ¿y el día siguiente, y los próximos treinta años?”. Daysi es ambiguamente deshonesta, pero también habita su infierno, leve como su ropa, y ése es su genio. Por lo cual sigue su vida con su también complejo marido, después de que ha muerto asesinado el hombre que ha querido. Ni siquiera manda flores, ya no hablemos de asistir a su funeral. Ésta podría ser una inconsistencia de verosimilitud, pero muchas novelas tienen la virtud de mostrar que, a poco que pensemos en ello, el comportamiento de los seres humanos es un tanto increíble.

En otro lugar, Nick dice de un día cualquiera: “Entonces continuamos nuestro viaje hacia la muerte, en un atardecer cada vez más fresco”. Pasajes como estos seguramente le han hecho decir a Vargas Llosa que esta novela es secretamente existencialista, es el existencialismo versión USA. Algo de eso hay.

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