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¡Flores no, derechos sí!

Una mujer muerta o inhabilitada significa un promedio de tres o quizás más huérfanos para las calles

La Razón (Edición Impresa) / Sonia Victoria Avilés Loayza

00:11 / 28 de mayo de 2014

La legitimidad de la mujer sobre su propio cuerpo, decidir si desea ser madre o no y cuándo, educarse e incluso prostituirse son conquistas y luchas a sangre que a lo largo del tiempo y del planeta han marcado nuestro sexo contra el poder del macho desde los inicios de la Historia. Derechos fundamentales hoy reconocidos por las Naciones Unidas, la Organización Mundial de la Salud y múltiples tratados internacionales son resultado del avance del feminismo y la ciencia, que han superado los derechos del feto y el cuerpo de la mujer como máquina reproductora. ¿Qué toca hoy?

Si bien cada sociedad discute de acuerdo con el grado de su desarrollo, la clandestinidad y la criminalización de la mujer por parte del patriarcado sumados al capitalismo no son el camino. Visibilizar y legalizar prostitutas, abortistas y drogadictos quita al sistema su carne de explotación. La respuesta única e indiscutible es la cultura. La escuela debe impartir educación y salud sexual, reproductiva y preventiva (preservativos) desde la infancia, para que las mujeres podamos ser dueñas de nuestro presente y futuro, sin madres niñas, abortos y violencia de género.

En situación precaria, sin salud/seguridad reproductiva, la mujer realiza la mayor de las misiones: formar un “hombre”. No obstante, no se instituye un salario para mamás, primer paso hacia el reconocimiento de la más difícil de las profesiones y la única no indemnizada. Un trabajo tan absorvente empobrece a la mujer, la hace dependiente del sueldo ajeno. Un salario para las madres (en gran número solas) le garantiza una vida digna junto a sus niños, un techo y tres comidas diarias. Los derechos humanos fundamentales pertenecen a las mujeres y a los nacidos, no a las células.

Dadora de vida, enfrenta la extrema decisión de abortar, con una salud pública y una sociedad deshumanizadas que la ignoran y/o le niegan la atención médica. Niñas y mujeres pobres que por avatares del destino necesitan un aborto no pudiendo pagar una clínica, sinónimo de aborto seguro, exponen su salud y su vida.

Oprimida por las diversas religiones que han usado las metáforas más bellas del conocimiento espiritual interior para someter a un sexo fuerte y convencerlo de ser el segundo, el frágil, el obediente, se vuelve dependiente. A pesar de la gran contradicción: asesinato vs. libertad o libre albedrío, la mujer no es un humano validado por la religión, que condena su derecho de decidir sobre cuánto pasa en su propio cuerpo.

El Estado debe garantizar el bienestar de la mujer que decide dar a luz (un niño alimentado y no desnutrido, con escuela y no en la calle, golpeado o abandonado) y de la que decide abortar (salud pública accesible).

Una mujer es un árbol. Si por la salud de la planta tiene que cortar un brote, no dude en hacerlo. El mayor derecho a la vida es la propia vitalidad y dignidad de la madre, garantía de la salud de los frutos y de la base social. Una mujer muerta o inhabilitada significa un promedio de tres o quizás más huérfanos para las calles y la vorágine capitalista, sistema que de otra manera no subsistiría. ¡Impulsemos grandes cambios a nuestro favor para contestar al mercantilismo y al aprovechamiento y dominio del hombre sobre la mujer! 

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