Columnistas

Flores de madera

A Villar lo mató un aparato judicial plagado de irregu-laridades y de preferencias ideológicas

La Razón / Yoani Sánchez

00:00 / 18 de febrero de 2012

La celda de castigo es estrecha, tiene un metro y medio de ancho por dos de largo, hace frío y ni siquiera hay una manta para cubrirse. Por el hueco que sirve como excusado, a ras del suelo, sale de vez en cuando una rata y mira con curiosidad al hombre que yace acurrucado. Afuera se escuchan gritos, ruidos metálicos y el barullo general de la prisión de Aguadores, una de las más temidas del oriente cubano. Esta escena, común en nuestro sistema penitenciario, volvió a repetirse a principios de enero y tuvo como protagonista a un joven de 31 años. Se llamaba Wilman Villar Mendoza y fue detenido el 14 de noviembre de 2011 mientras participaba en una protesta antigubernamental por las calles de Contramaestre, su pueblo natal. En imágenes difundidas con posterioridad a su fallecimiento, se le ve a la cabeza de un grupo portando la bandera cubana, mientras los atónitos transeúntes no saben si sumarse o reprimir a los manifestantes. Probablemente los recuerdos de aquella marcha pasaron una y otra vez por su cabeza mientras temblaba entre las húmedas paredes del calabozo, pero eso nunca podremos confirmarlo. Porque de aquel lugar solo salió —ya moribundo— en dirección al hospital y finalmente hacia una tumba en el cementerio.

Villar Mendoza, el preso que recién falleció a consecuencia de una huelga de hambre, se ganaba la vida haciendo trabajos de carpintería y albañilería. Su especialidad eran esas espigadas y hermosas flores de madera que los turistas compran para llevarse como recuerdo de esta isla. Un tallo y seis pétalos tallados con la paciencia de quien sabe que el tiempo en Cuba no vale mucho, que los minutos no lo harán ni más próspero ni más feliz. Le daba forma a un trozo de cedro, por horas y horas, rumiando así parte de esa frustración que entre los jóvenes de provincia es siempre mayor. En septiembre de 2011 esa misma inconformidad social lo llevaría a formar parte del grupo opositor Unión Patriótica de Cuba. Para la propaganda oficial se trataba de un delincuente común que incluso había golpeado “brutalmente” a su esposa en julio del año pasado. Pero demasiados testimonios —incluyendo el de su propia mujer— apuntan a que tales insultos solo tratan de matar su imagen una vez fallecido su cuerpo.

En Cuba, al decir de un amigo, “nadie sabe el pasado que le aguarda”, pues los antecedentes penales de los ciudadanos están determinados también por su comportamiento político. Al no existir una separación de poderes que independice el aparato judicial de la rama partidista, los considerandos de corte ideológico influyen en el prontuario criminal de cada cual. Se ha sabido de generales que han disparado contra sus amantes, ministros sorprendidos en desfalcos millonarios e hijos de papá enrolados en diversos delitos, que jamás han sido llevados ante un tribunal. Pero cuando se trata de un opositor, basta que haya comprado una bolsa de leche en el mercado negro, peleado con su mujer o aparcado mal el auto para ser tenido como culpable. El Código Penal no incluye ninguna figura por “delito político”, de manera que los incómodos son juzgados siempre por terceras causas. Justamente eso le ocurrió a Wilman Villar Mendoza, quien se resistió a un arresto policial el 7 de julio de 2011 después de un incidente doméstico. “Casualmente” solo sería procesado por esta causa cuatro meses después, cuando participó en una protesta contra el Gobierno. Al apresarlo, un oficial le gritó frente a varios testigos: “ahora sí te vamos a desaparecer”, y así lo hicieron.

La práctica de hacer pasar por criminales a los activistas no es nada novedosa. En febrero de 2010, cuando Orlando Zapata Tamayo murió después de 85 días sin probar alimentos, el propio Raúl Castro afirmó públicamente que se trataba de un delincuente común. Olvidaba entonces que siete años antes, en el libro Los disidentes, hecho por periodistas oficialistas para justificar los encarcelamientos de la primavera negra, aparecía referido Zapata Tamayo con foto, nombre y dos apellidos. Juguetear con la historia y reacomodarla tiende a crear esas contradicciones... puesto que ningún Gobierno ha podido predecir nunca “el futuro que le aguarda”.

Afortunadamente un prontuario delictivo no puede explicar todas las actitudes que un hombre llega a asumir en su vida. Presentar a Villar Mendoza solo como un marido colérico que golpeaba a su esposa no aclara entonces por qué se dejó morir sin probar alimentos. Acusarlo de preso común pretende reforzar esa idea tan maniquea de que en Cuba no hay personas decentes, patriotas y respetuosas de las leyes que además estén en contra del Gobierno. De ahí la catarata de insultos que ha llovido sobre la memoria del fallecido y el interés oficial de hacer pasar su activismo cívico como una forma de “limpiar” algún historial delictivo.

Un reciente editorial del periódico Granma llega a asegurar que tampoco existió la huelga de hambre. No explica, sin embargo, cómo alguien de 31 años se deterioró tan rápidamente en dos meses de encierro hasta el punto de morir en un hospital por “fallo multiorgánico”. Existe además el testimonio de familiares y amigos que visitaron a Villar Mendoza en la cárcel para convencerlo de que volviera a comer, pero sin lograr que él dejara de repetir “¡Libertad o muerte!” Como desmentido a la versión oficial, aparecen también los innumerables reportes del ayuno que desde mediados de diciembre aparecieron en medios noticiosos del exilio y en las cuentas de Twitter de activistas locales. Internet muestra lo que la prensa cubana esconde.

Según la declaración de Maritza Pelegrino, su esposo dejó de alimentarse el propio 24 de noviembre cuando fue condenado a cuatro años de privación de libertad. Interrumpió la huelga el 23 de diciembre porque sus carceleros le hicieron creer que estaría en la lista de los presos indultados por el general Raúl Castro. Pero regresó a la inanición seis días después, al comprobar que todas aquellas promesas eran simples mentiras, sucios ardides. Amarrado y desnudo lo pusieron entonces en la celda de castigo, donde contrajo la neumonía que lo mataría. Llegó al hospital el 13 de enero y los doctores advirtieron a la familia que solo un milagro podría salvarlo. Menos de una semana después ya no respiraba.

A Wilman Villar lo mató la tardía intervención médica y la negligencia de quienes debieron velar por él en la prisión. Acabó con su vida un sistema que ha cortado todos los caminos pacíficos, cívicos y electorales para que los ciudadanos influyan en el derrotero nacional. Lo convirtió en cadáver un aparato judicial plagado de irregularidades y de preferencias de corte ideológico, donde un opositor político es tenido por culpable de cualquier delito con pocas posibilidades de probar lo contrario. No fue solo la falta de comida o de agua la que provocó el triste desenlace del 19 de enero, sino el tener que usar el cuerpo como plaza pública de indignación, en una isla donde protestar está prohibido. Al morir, Wilman Villar Mendoza tenía dos hijas, de cinco y siete años. Su madre todavía no sabe cómo explicarles lo ocurrido.

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