Columnistas

Fórmulas sencillas para ciegos, sordos o ebrios

La conflictividad podría reactivarse e incrementarse nuevamente si no se producen cambios.

La Razón (Edición Impresa) / Carlos Soria Galvarro*

23:53 / 27 de enero de 2018

Contradiciendo lo que se esperaba, en los últimos días no ha habido señales nítidas de cambio de la conducción gubernamental, pese a lo cual el clima de conflictos se ha atenuado considerablemente. La derogación, aunque inexplicablemente tardía, del Código del Sistema Penal, tuvo la virtud de aplacar los ánimos más exaltados, casi en el límite de una situación parecida a eso de “un Gobierno perseguido por la oposición”. Pero tal alivio no supone, y conviene subrayarlo, que la conflictividad tienda a desaparecer. Al contrario, podría reactivarse e incrementarse nuevamente si no se producen cambios, en tanto no se efectúe un verdadero “golpe de timón” que intente recuperar la esmirriada credibilidad en la que ha caído el Gobierno. Tarea nada fácil por cierto, pero no imposible, a partir de decisiones políticas clave que, es de lamentar, aún no se advierten en el horizonte.

Entretanto, no es inútil descender a consideraciones sencillas, a fórmulas que la gente común imagina posibles de aplicar en aras de un sano patriotismo, tal vez con una gran dosis de ingenuidad. Veamos. Transparencia: para las autoridades de todos los niveles, esto implica no ocultar información sobre el manejo de los asuntos públicos, ponerlos a la luz del día, rendir cuentas abiertamente. Significa el cumplimiento de normas institucionales y a la vez apertura a la participación informada de la sociedad civil en ejercicio del auténtico control social. En otras palabras, nunca más debería presentarse situaciones como las del Fondo Indígena, pues, “en arca abierta, hasta el justo peca”.

Eficiencia: el éxito de la gestión pública se mide por resultados, no por buenas intenciones. En 2018 debiera el Gobierno concentrarse en la gestión, dejar la propaganda electoral a los operadores pertinentes y para los seis meses previos a las elecciones de 2019. Es altamente negativo, contraproducente, además de oneroso, subordinar cada uno de los pasos del Gobierno a la búsqueda de efectos propagandísticos con fines electorales. El resultado obtenido es contrario a lo que buscan, ganarían más simpatías y reconocimientos si hacen bien su trabajo y brindan sobre ello información adecuada y creíble, antes que propaganda que la gente sabe distinguir y desecha automáticamente.

Austeridad: que la situación económica en general haya mejorado no quiere decir que vivamos en Jauja, seguimos siendo un país subdesarrollado del Tercer Mundo. Y aunque fuéramos ricos, la ostentación y el despilfarro no coinciden con las ideas y el modelo político propuesto y que se supone se está construyendo. El “Vivir bien” significa moderación, modestia, inserción armoniosa del ser humano en la naturaleza.

A su vez, la otra punta ideológica, el pregonado “capitalismo andino-amazónico”, tampoco consiste en derroche dispendioso de recursos. ¿Para qué entonces proyectos faraónicos que dañan el medio ambiente, alfombras persas, edificios y vehículos suntuosos, coliseos y canchas de césped sintético que en muchos casos sobrepasan las necesidades locales, o actos multitudinarios para entrega de obras, incluso trasladando personal de empresas productivas?

Ciertamente exigir transparencia, eficiencia y austeridad (T.E.A.), en el marco del respeto a la institucionalidad democrática que el propio proceso vino construyendo, no es inventar la pólvora, es simplemente demandar coherencia entre lo que se hace y lo que se dice. Decir una cosa y hacer lo contrario es definitivamente la mejor manera de perder apoyo y hundirse en el descrédito. ¿Los que toman las decisiones serán capaces de comprender esta simple realidad y actuar en consecuencia? Después del Carnaval lo sabremos.

*es periodista.

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