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La Razón (Edición Impresa) / Tribuna - Leila Guerriero

00:00 / 03 de enero de 2015

Si digo Pandora Groovesnore y a la persona que me escucha se le encienden los ojos, sé que es probable que nos entendamos bien. Si digo Caín, si digo Capitán Slütter, si digo Cráneo, si digo Rasputín y se le iluminan los ojos: sé que es muy probable que nos entendamos bien.

Muchas veces le preguntan a la gente cuáles fueron los libros más importantes de su vida. Uno de los míos empieza así: “Soy el océano Pacífico. El mayor de todos. Me llaman así desde hace mucho. Pero no es cierto que esté siempre así. A veces me enfado y la emprendo con todo y con todos. Hoy mismo acabo de calmarme de la última rabieta. Creo que barrí tres o cuatro islas y destrocé otras tantas cáscaras de nuez, de ésas que los hombres llaman barcos”. Es, claro, La balada del mar salado, de Hugo Pratt, una historieta donde aparecían todos esos personajes (Pandora, Cráneo, Caín) gravitando en torno a uno magnético y central, el Corto Maltés. La Balada, como dije, es una historieta. Un cómic. Eso que ahora llaman, pomposamente, novela gráfica. En cualquier caso, una forma de la literatura de la que muchos aprendimos lo que había que aprender acerca de la miseria y la nobleza y la ambición y la renuncia y el amor y la amistad y el sexo.

De todas las cosas que me gustaban del Corto (que anduviera ligero de equipaje, que fuera tan parco y tan valiente, que no tuviera casa ni ataduras, que se sacudiera la adversidad de los hombros como si la adversidad fuera una pelusa, un pequeño inconveniente), la que más me gustaba era que, como había nacido sin línea de la fortuna, se la había hecho él mismo con una navaja, cortándose la palma de la mano. Como quien dice: “El destino soy yo: yo me lo hago”. Que es, en verdad, lo que tendríamos que hacernos todos. Así que feliz año. Y preparen sus navajas.

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