Columnistas

Fotografía y karma

Es pavoroso ver cuánto puede transformarse la ciudad de una sociedad tan inestable como la nuestra

La Razón (Edición Impresa) / Carlos Villagómez

02:08 / 24 de junio de 2014

Recientemente se presentó un libro inspirador: La Paz, Memoria histórica 1915-1940, del fotógrafo Rodolfo Torrico Zamudio. Digo inspirador porque sus casi 200 imágenes provocan nostalgias y melancolías sobre el pasado de esta ciudad. Es la magia de la imagen fotográfica que, en este tipo de libros o en sitios en la red, demuestra su tremendo poder de sugestión.

Los instantes que el fotógrafo congeló en sus placas provocan diversas reacciones en el espectador de hoy en día. Unos recuerdan con nostalgia la ciudad republicana de ese entonces. Incluso reconocen a parientes y a las propiedades que tenía la familia en el centro urbano. Se trata de una mirada cargada de pertenencia social, es decir, la fotografía como soporte ideológico de clase. Otros encuentran en esas imágenes los argumentos para lanzar alegatos por el patrimonio arquitectónico que, día a día, se demuele afanosamente. Justifican estas pérdidas como un arrebato a la cultura de principios de siglo; es decir, la fotografía como soporte ideológico de aculturación.

En lo personal me interesan los sentimientos humanos, los más profundamente humanos, que estas fotografías te pueden provocar. Creo que todos, y casi sin excepción alguna, sentimos que hemos perdido no una pertenencia de clase o de propiedad, sino el sentido de una escala urbana y social donde vivíamos provincialmente felices. Las calles retratadas parecen de otro planeta: no hay automóviles, no se ven muchedumbres y no existe el amontonamiento inclemente de estos tiempos. Es el sentimiento genérico de una indiscutible pérdida social; es decir, la fotografía como soporte de empatía espiritual.

He repasado con mucho detalle casi todas esas fotos y debo reiterar que, aparte de reconocer los edificios retratados que aún se conservan, me parecen imágenes de otra ciudad, de otra urbe muy difícil de emparentar con la realidad actual. Y a ese sentimiento de sorpresa que provocan las estupendas imágenes de Torrico Zamudio debo agregar otro de temor.

Evitando ideologizar las imágenes, es pavoroso ver cuánto puede transformarse la ciudad de una sociedad tan inestable como la nuestra. Y ese no es un sentimiento menor. Nuestra incontrolable movilidad social no construye coherencia, ergo, no aporta estabilidad emocional.

Terminaba el libro pensando que nuestra ciudad, como todo organismo viviente, no solo nace, crece y se desarrolla, sino también, muere. Y muere para reencarnarse en otra entidad irreconocible. Es un ciclo interminable guiado por nuestro karma urbano hecho con los pocos méritos y cuantiosísimos deméritos que hemos acumulado en estas montañas. Vaya karma.

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