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Fuga de...

Nos sentimos orgullosos de enviar a nuestros mejores jóvenes como si se tratase de un reconocimiento.

La Razón (Edición Impresa) / Eduardo Barrios Iñiguez

00:04 / 14 de octubre de 2017

A mediados del siglo XX, los países del sur que salían de la férula colonial y buscaban una verdadera independencia, aquellos que luchaban contra las dictaduras, eran considerados por los países del norte una suerte de reserva de recursos naturales y humanos.

Sumidos en la pobreza, producto de la sempiterna explotación que ejercía el Primer Mundo, los pobladores de muchas de estas naciones no tenían otra escapatoria que el exilo. Buscando mejores oportunidades migraban a los países del norte, atraídos por los centros culturales, científicos, académicos.

Por otra parte, a la mano de obra que hizo posible el renacimiento europeo después de la Segunda Guerra Mundial se le empezó a prohibir el ingreso a los países industrializados, con la exigencia de visas, cartas de invitación de residentes y hasta de reconocimiento, en una franca expresión de un racismo malagradecido.

Muchos intelectuales árabes, asiáticos, africanos y latinoamericanos se constituyeron en referencia, en intelligentia. Solo entonces comenzaron a considerarlos “ciudadanos del Primer Mundo”. Esos artistas, científicos y técnicos ayudaron al florecimiento de la cultura europea, y también permitieron avances tecnológicos y científicos en Norteamérica.

A este fenómeno se lo denominó fuga de cerebros. A quienes formaban parte de este grupo se les privaba de su identidad cultural y se los integraba de manera tal que la otra nacionalidad les era concedida como un premio a una nueva manera de ser, lejana de sus orígenes. Incluso el país que los acogió les hizo entrega de un pasaporte, símbolo de su distinción, luego de jurar fidelidad a su nueva patria.

La globalización parecía positiva, se pensaba que iba a impulsar la construcción de una ciudadanía universal. Salvo que para los otros, los trabajadores que asumían las tareas cansadoras y sucias, para los inmigrantes indispensables para el desarrollo, la situación no era la misma. Seguían siendo no deseados, ignorados y explotados.

Luego vino la fuga de músculos. Por el prestigio de una medalla, de un récord, por el talento de un jugador, se olvidaron los términos racistas y las condiciones draconianas que presidian la obtención de visas. Los países ricos compraban “músculos” para inscribirlos en el medallero de su nacionalismo barato.

En la actualidad, para hacer frente a la baja natalidad, los países del norte reciben jóvenes parejas, de preferencia profesionales ya formados en los países del sur, siempre que primero se comprometan a procrear e inscribir a su descendencia como ciudadanos del país receptor. Podría denominarse a este nuevo fenómeno como “fuga de vida”, por no decir “fuga de ovarios” o “fuga de espermatozoides”.

No estoy contra el relacionamiento estrecho entre los pueblos, pero no me parece bueno que éste ocurra siempre en beneficio de los países del norte. Y lo peor es que nos sentimos orgullosos de enviar a nuestros mejores jóvenes como si se tratase de un reconocimiento. Y se van atletas, médicos, intelectuales, técnicos... jóvenes profesionales cuya formación cuesta mucho al Estado y que deberíamos conservar.  

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