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Las ‘Fundaciones’ proyectan la historia, la política y el conocimiento humanos a escala galáctica

La Razón / Ana Rebeca Prada

00:05 / 29 de agosto de 2012

La Trilogía de la Fundación (Fundación, Fundación e Imperio y Segunda Fundación [1951-1953]) de Isaac Asimov (1920-1992) es, sin duda, central a la ciencia ficción del siglo XX. Es curioso que a pesar de que el género ya había integrado la alteridad extraterrestre a sus elaboraciones, desde los selenitas de Wells hasta las diversas existencias no humanas de Lovecraft, Stapledon y Bradbury, Asimov optara por una galaxia estrictamente habitada y conquistada por seres humanos. No le interesaban los extraterrestres; sí le interesaban los robots: a muchos lectores de Asimov, éstos les son mucho más familiares que los científicos, telépatas y emperadores de las Fundaciones. El robot es otro tipo de alteridad: es una creación humana que puede escaparse del control de su configurador y manipulador.

Los robots son entidades que tendrán en la segunda parte del siglo XX un profundo desarrollo en el género: en robots muy sofisticados, en androides y en cyborgs. Yo creo que esto es lo que le interesaba a Asimov, pues se trataba de un proyecto científico muy importante, una posibilidad tecnológica. Las Fundaciones, más bien, proyectan cuestiones de la historia, la política y el conocimiento de los humanos a una escala galáctica. El tema del imperio, la expansión, la conquista; el tema del control político mediante diversos medios (la religión, el comercio); el tema de los ciclos históricos como ritmo natural de las cosas de los hombres; la idea de una ciencia que pudiera predecir lo que ocurrirá y evitar la catástrofe mayor...

Otra forma de alteridad que se presenta en Fundación, ya no vinculada al ser mecánicamente armado: el mutante. La Mula, ese poderoso ser contrahecho cuyo motor es el odio hacia los demás, es una inteligencia siniestra que logra incorporarse a un grupo de habitantes de Términus (donde existe la —primera— Fundación) y casi, casi llegar al secreto mejor guardado de la trilogía: ¡¿dónde está la Segunda Fundación?! Logra avanzar despiadadamente en su furor conquistador e imperial, pero finalmente es neutralizado por los sabios telépatas de la Segunda Fundación. Este extraordinario personaje (prodigioso actor: gran parte de la novela actúa de bufón; temible guerrero: se hace del viejo imperio) nos retrotrae al inicio mismo del género: al monstruo del Dr. Frankenstein. Aquél tiene una marca genética, la mutación; éste es un cúmulo de carne muerta a la que se le ha dado vida; ambos accionan frente al rechazo y el asco de los demás, generando una forma de monstruosidad de fuerza extrema. Asimov, pues, crea lo que será un personaje axial a la ciencia ficción, el robot; y retorna al inicio mismo del género y a su primera exploración en la alteridad vinculada a la ciencia: el monstruo creado por un científico excesivo. Es la ciencia en verdad lo que apasionó siempre al escritor: articuló su fantasía a ella, y es tal vez por esto que los extraterrestres le fueron tan ajenos.

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