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Fútbol

La intención de construir un estadio para 70.000 personas me dolió como un rodillazo en la ‘cristalería’

La Razón (Edición Impresa) / Carlos Villagómez

00:02 / 10 de junio de 2014

Ya comienza el Mundial y ya estoy ansioso por el éxtasis que se viene con el fútbol, esa droga dura que, según Loayza y Murillo, no conoce rehabilitación alguna. Es que imposible vivir sin consumirla. Personalmente la consumo mucho y me zampo cuanto partido cae a mi control remoto y puedo ver, sin vergüenza alguna, la eliminación entre San Marino y Andorra. Incluso llegué a ver un partido entre los “Galácticos del Palacio” y la “selección” de, creo, Panduro. Si Borges calificaba al fútbol de imbecilidad colectiva, no sé cómo despotricaría contra mi depravación futbolera.  

Esta adicción comenzó hace años como corresponde: en cancha. Jugué en el barrio con otros malandrines que, por decisiones “tácticas”, me encomendaron ser guardameta, y no por tener un excepcional biotipo, sino por esa ley del picado “el gordo al arco” que Fontanarrosa la reprodujo con figuritas y todo. Y mira tú, no me fue tan mal. Tenía una valla razonablemente cuidada. Pero ese puesto no me inspiró a escribir el Mito de Sísifo ni nada parecido. Comenzaba mi adicción pura y dura al fútbol y sin las mezcolanzas intelectualoides de gente que jamás “amasaron la de cuero”.

De ahí al Siles fue un pelín. Vi a Pelé ejecutar su chilena en 1971, al maestro Ugarte y perder a Maradona. También vi el gol del Diablo a los brazucos y comprendí que nada, pero nada se compara a 40.000 drogadictos aullando. Quizás Woodstock en esa mítica amanecida con Hendrix se aproxime a ese trip.

Es decir, vi fútbol en el viejo Siles, la obra maestra de Villanueva de 1930, y también en el nuevo estadio, ese mamotreto que construyó la dictadura militar sobre esa obra maestra de estilo neotiwanakota, con la intención de borrar cualquier vestigio de cultura boliviana.

Que los estadios son equipamientos importantes es cierto. Fomentan el deporte y los aficionados tenemos el escenario ideal para ese goce colectivo. Por ello valoro enormemente las decenas de canchas de pasto sintético que se han construido en toda Bolivia y que cambiarán nuestra relación con ese deporte. Pero el anuncio de querer construir un estadio en La Paz para 70.000 personas me dolió como un rodillazo en la “cristalería”.

A pesar de los innegables avances, somos, todavía, el antepenúltimo país en la tabla de posiciones del desarrollo humano y con demasiadas necesidades en salud y educación. Aprendamos algo de la tele. Si Neymar triunfa en la cancha, sus parientes y amigos están perdiendo en las calles de ese país hermano, a pesar de los impresionantes estadios que, con las justas, han terminado. Ese pueblo, tan fanático, tan drogodependiente del fútbol, sale a las calles a pedir a gritos inversión social y a criticar con furia semejante despilfarro.

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