Columnistas

Gabichuela Apata

El proyecto político más importante del siglo XXI sufre un deterioro moral que le resta credibilidad

La Razón (Edición Impresa) / Édgar Arandia

00:03 / 03 de abril de 2016

Ella está siendo devorada por los mosquitos en Mar del Plata. Se queja, sin arrepentimiento, porque le costó ganarse una beca para consolidar su formación académica. Es consciente que de otra manera nunca hubiera podido pagarse una maestría. Nunca tuvo un trabajo estable y no tiene seguro ni vacaciones pagadas, porque, desde que se tituló, vivió de pequeños proyectos que le permitieron tener cierta autonomía que su soltería la completa.

No sabe conducir un automóvil, por eso anda a pata; no requiere de cirugía plástica, porque la naturaleza fue generosa con ella, le dotó de un perfil de Virgen de Chuchulaya; además, para su gloria, no tendría con qué pagarse varias cirugías para corregirse. Es de estatura de gacela briosa y eso la hace atractiva, pero no encuentra una pareja a su nivel intelectual y prefiere la estabilidad laboral a la incierta estabilidad emocional.

No es indígena pero sabe sobre las culturas indígenas, y no hubiera cometido el imperdonable error de repartir recursos monetarios a dirigentes campesinos originarios que nunca tuvieron una cuenta bancaria, porque en Uchupiamonas y en Carangas no existen bancos, y el sistema económico indígena es totalmente distinto al de la vida urbana. Gabichuela abre sus ojazos y se pregunta: —¿Cómo es posible que un gobierno que se autonombra indígena cometió semejante estupidez?

No es feminista porque aprendió de Domitila Chungara que juntos, hombres y mujeres, codo a codo, debemos perseguir y obtener derechos para no ser explotados en todos los niveles. Gusta de la cerveza y puede beber varios litros sin perder su elegancia. Ahora que está lejos, la veo mejor, y esos pequeños detalles recién la develan como a una mujer singular. Estaba con el proceso de cambio, pero los que lo proponían son los que han cambiado hasta volverse desconocidos de rostro y figura; y ella, como muchos, prefiere guardar la utopía para tiempos mejores.

Una de sus preguntas es sobre el sistema judicial, y yo también me pregunto lo mismo: ¿será que los bolivianos no tenemos una idea cabal de la Justicia? Así es que recurro al viejo y eficiente método de consultar un diccionario. En éste dice: i) Derecho, razón, equidad; ii) aquello que debe hacerse conforme a derecho y razón, pido justicia; iii) poder judicial; iv) principio moral que lleva a dar a cada uno lo que le corresponde o pertenece. Existen otras denominaciones como justicia conmutativa; distributiva; justicia original, con su connotación religiosa, que dice que es la inocencia y gracia con que Dios crió a nuestros primeros padres. Por eso también hay una supuesta justicia de Dios; o en el otro bando, tomarse la justicia por su propia mano. Esta última nos pone en el ranking vergonzoso de ser el Estado con el mayor índice de linchamientos. Por eso no es de extrañar que un juez acusado de prevaricato, sorprendido in fraganti, se haga dar su patatuz para evitar su arresto; vale decir, que conoce todos los artilugios para escabullirse de una pena que lo castigue por corrupción, porque sabe que su colega lo protegerá.

Tres policías hacen una huelga en la Plaza Mayor, reclamando la reincorporación a sus fuentes de trabajo. Fueron dados de baja precisamente por denunciar actos de corrupción al interior de su institución. Creyeron que la convocatoria para denunciar actos  ilegales de los miembros de la Policía Nacional era un acto serio para reencauzar a una de las instituciones más vapuleadas por sus resbalones delincuenciales. Por eso es normal, ahora, que al auditor interno de la Fundación Cultural del Banco Central de Bolivia lo echen del cargo por denunciar malos manejos financieros y abusos. Actualmente su última denuncia está sobre el escritorio del Ministro de Economía, en la que denuncia el riesgo que corren Bs 3 millones, de los Bs 10 millones que solicitaron los miembros del Consejo de Administración.

Nada pasará, ya lo sabemos, pero el proyecto político más importante del siglo XXI en Bolivia sufre un deterioro y una erosión moral que le restan credibilidad. Por eso Gabichuela Apata recalca que la derrota del Gobierno el 21 de febrero no fue política, sino moral, porque no fue capaz de extirpar a tiempo el gorgojo de sus filas.

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