Columnistas

Gabo: su día más glorioso

El mensaje de García Márquez es la interpelación más lúcida contra los infortunios de América Latina

La Razón (Edición Impresa) / Carlos Antonio Carrasco

00:01 / 26 de abril de 2014

Con seguridad, el día más glorioso de la vida de Gabriel García Márquez, tanto como la jornada en la que el abuelo Aureliano Buendía llevó a su nieto a conocer el hielo, fue el 10 de diciembre de 1982, cuando, después de recibir de manos del Rey Carlos XVI el Premio Nobel de Literatura, leyó su memorable discurso de aceptación.

Frente a un auditorio de solemnes convidados enfundados en sus esmóquines, Gabo, luciendo su liqui-liqui de inmaculado blanco, habló en nombre de todo el pueblo latinoamericano, entonces lastimado colateralmente por los embates de la Guerra Fría. Dijo que el realismo mágico que tanto asombra a los europeos existió desde cuando los primeros colonizadores daban rienda suelta a su imaginación, en sus reportes a la Corona española, atribuyendo haber visto en las tierras descubiertas “cerdos con el ombligo en el lomo”, “pájaros sin patas” y “alcatraces sin lengua, cuyos picos parecían una cuchara”. Continuó narrando las fantasías elaboradas durante la Colonia, para asegurar que “la independencia del dominio español no nos puso a salvo de la demencia”, y citó como ejemplos la inaudita ocurrencia del general Antonio López de Santa Anna, diez veces reelecto presidente de México, quien “hizo enterrar con funerales magníficos su pierna derecha que había perdido en la llamada Guerra de los pasteles”.

Alude también al general ecuatoriano García Moreno, quien al cabo de 16 años de poder absoluto dispuso que su cadáver fuese velado con uniforme de gala y condecoraciones, sentado en la silla presidencial. Reveló asimismo que otro militar, teósofo por añadidura, Maximiliano Hernández, hizo fusilar a 30.000 campesinos en El Salvador, y denunció que la estatua de Francisco Morazán en Tegucigalpa no es sino la réplica del Mariscal Ney, comprada en una subasta de París.

Pero omitió en esa ocasión algunos episodios del itinerario republicano de Bolivia que bien hubieran podido incorporarse a aquel rosario de alucinantes sucesos que causaban tanto asombro como hilaridad. Contar, por ejemplo, que el tirano romántico Mariano Melgarejo ordenó fusilar su camisa, para probar la gran desconfianza que le inspiraban sus áulicos y sus adversarios. Podía haber incorporado en su alocución aquellas reuniones de gabinete en las que el dictador suicida Germán Busch sometía a votación democrática los candidatos a ser ejecutados al amanecer. O también mencionar a la turba que colgó de un farol al presidente mártir Gualberto Villarroel, para, seis años más tarde, llorar ante su busto erigido al pie del lugar de su martirologio. 

No obstante, el mensaje sustancial de García Márquez es imprescindible registrarlo como la interpelación más lúcida lanzada en el sitio oportuno, protestando contra los infortunios soportados por América Latina bajo la explotación perpetrada por europeos y norteamericanos. Con apasionada voz, el colombiano galardonado recita que “poetas y mendigos, músicos y profetas, guerreros y malandrines, todas las criaturas de aquella realidad desaforada hemos tenido que pedirle muy poco a la imaginación, porque el desafío mayor para nosotros ha sido la insuficiencia de los recursos convencionales para hacer creíble nuestra vida”.

Eran tiempos en que el mundo tenía dos amos, con el muro de Berlín aún erecto y el peligro de una inmolación nuclear todavía vigente. Época en la que Gabo ya había escogido militantemente su campo de batalla para pregonar “una nueva y arrasadora utopía de la vida”, y soñar despierto con ese planeta donde “las estirpes condenadas a 100 años de soledad tengan por fin y para siempre una segunda oportunidad sobre la tierra”.

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