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Gabriel Tabera Soliz

Gabriel Tabera era un hombre de otros tiempos, en los que los principios valían más que el dinero

La Razón (Edición Impresa) / Patricia Montaño Durán

00:02 / 04 de junio de 2015

Tan sorpresiva y dolorosa fue la muerte del periodista Gabriel Tabera Soliz (Gabo), que apenas ahora, siete meses después, mis manos se atreven a escribirle este pequeño tributo, aunque Gabo merecería el más grande de los homenajes.

Para quienes no lo conocieron, Gabo fue periodista de La Razón, Última Hora y La Prensa; además de fundador de la agencia Econoticias. Pero ante todo, Gabo fue un defensor militante de los recursos naturales y de los desposeídos; destacándose varias de sus notas contra el nefasto proceso de Capitalización, que en la década de los 90 despojó al país de sus empresas más rentables.

En noviembre del año pasado, con solo 52 años de edad, un intempestivo ataque al corazón le arrebató la vida. Quienes tuvimos el privilegio de ser sus amigos sabemos que Gabo llevaba con señorío el orgullo de ser hijo de un gran hombre, como una corona luminosa de dignidad, que no se veía, pero se percibía. Su padre, Germán Tabera, fue docente del colegio Don Bosco por largos años, un ser humano ejemplar que realizó una obra loable con la juventud.

Tuve la oportunidad de trabajar con Gabo en la redacción de La Razón hace unos 17 años, donde además de desempeñar una labor brillante, era la roca sólida de la ética y los valores. Más que un compañero, fue un maestro. A él acudíamos muchos periodistas cuando teníamos algún dilema, y nadie como él para dar un consejo honesto, sabio y objetivo. Y nadie como él tampoco para apoyar una causa que considerase justa.

Por su integridad y capacidad, y además por unanimidad, Gabo fue elegido presidente del Círculo de Periodistas de Economía (Cipeco), desde donde impulsó la capacitación de los periodistas, quienes bajo su liderazgo nos reuníamos para aprender y confraternizar.

La capacidad profesional de Gabo era conocida por todos. Sin embargo, por sus convicciones políticas, no aceptó altos cargos en el aparato gubernamental de los tiempos neoliberales, ni en ninguna otra institución con la que no comulgase sinceramente. Era un hombre de otros tiempos, en los que los principios valían más que el dinero. Un gigante moral. La corona invisible que llevó Gabo, la de ser hijo de un gran hombre, hoy les toca llevarla a sus dos hijos, niños aún, pero que tendrán ese legado de orgullo de por vida: el de ser hijos de un hombre intachable, como fue Gabriel Tabera Soliz.

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