Columnistas

Galeano, el futbolero

En ‘Fútbol. A sol y sombra’, Galeano escudriña la pasión de multitudes en su dimensión social

La Razón (Edición Impresa) / Yuri F. Tórrez

02:35 / 21 de abril de 2015

Eduardo Galeano, aquel hacedor de utopías emancipadoras que falleció recientemente en su ciudad natal (Montevideo), no ocultaba su pasión futbolera y afirmaba taxativamente: “El fútbol es la única religión que no tiene ateos”. Posiblemente por esta razón, como si se tratase de un altar sagrado, tengo en mi biblioteca un espacio muy entrañable para mí: libros de fútbol. Son verdaderas joyas, escritas en diferentes claves: literaria, histórica, sociológica o de táctica futbolística. En ese espacio biblio/futbolero, escoltado por la novela Fiebre en las gradas, de Nick Hornby, y Cuentos de Fútbol, de Jorge Valdano, está el libro Fútbol. A sol y sombra, escrito por Eduardo Galeano. Este libro futbolero es el que más me gusta de todas las obras de ese escritor uruguayo. Cuando reviso nuevamente sus páginas, evoco la pasión que me provoca su lectura, devorando cada capítulo con un placer inmenso.

En Fútbol. A sol y sombra, Galeano, haciendo gala de su oficio de narrador, escudriña, con lenguaje literario, la pasión de multitudes en su dimensión social, ya que en cada capítulo conecta esta disciplina deportiva con su respectivo contexto histórico. De allí por ejemplo la asociación que establece entre el fútbol y la patria, afirmando que ambos “están siempre atados”. Ciertamente, en nombre de la “patria”, este deporte muchas veces sirvió para intereses ideológicos. Sin embargo, el escritor uruguayo no hace una apología del fútbol, sino, por el contrario, lo ubica en un momento y en un lugar históricos para dar cuenta que no solo es un deporte, sino fundamentalmente un fenómeno social y, por lo tanto, político.

Galeano no hace concesiones y, mucho menos, gambetas intelectuales. En rigor se pregunta y luego responde: “¿En qué se parece el fútbol a Dios? En la devoción que le tienen muchos creyentes y en la desconfianza que le tienen muchos intelectuales”. Los intelectuales conservadores asumieron que el fútbol se “funda en la certeza de que la idolatría de la pelota es la superstición que el pueblo se merece”. De la misma forma decía que “muchos intelectuales de izquierda descalifican al fútbol porque castra a las masas y desvía su energía revolucionaria”. Pero Galeano trasciende esas miradas despectivas, sea como un instinto o como un opio del pueblo. Por lo tanto, elogia al fútbol con palabras de Antonio Gramsci: “Este reino de la lealtad humana ejercida al aire libre”.

Como si fuera parte de una carnada, durante ese lunes trágico del fallecimiento del escritor uruguayo también moría el galardonado escritor alemán Günter Grass. Ambos coincidían en su denuncia a las estructuras de poder en torno al fútbol. Grass se identificaba con esta popular disciplina: “la comercialización del fútbol me parece terrible”, afirmaba. Galeano, por su parte, ponía en evidencia a los dueños del balompié mundial que comercializaron el fútbol, por lo tanto, “no es un moco de pavo” escribía.

A raíz de esta perversidad, como si se tratase de una reivindicación futbolera, fue que Grass dedicó un poema a su equipo querido, Friburgo, titulado Estadio nocturno: “Lentamente se eleva la pelota hasta el cielo/ Entonces se ve que las tribunas están ocupadas / Solitario el poeta está de pie en el arco / pero el árbitro pita fuera de juego”. Mientras, Galeano elogia lo lúdico del fútbol: “Y yo me quedo con esa melancolía irremediable que todos sentimos después del amor y al fin del partido”. Y así seguimos nosotros, ejerciendo nuestro derecho a la felicidad: al gol.

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