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Galeano

La escritura sencilla y llena de emociones de Galeano es producto de un autodidacta y no del aprendizaje académico.

La Razón (Edición Impresa) / Lourdes Montero

02:35 / 11 de mayo de 2015

Hace unas semanas recibimos la noticia de la muerte del escritor y político uruguayo Eduardo Galeano. A sus 74 años, en compañía de su familia y su obra, compuesta por 43 libros escritos, fue vencido por un cáncer de pulmón con el que libraba batalla por más de ocho años.

Yo conocí la obra de Galeano cuando era adolescente y descubrí por casualidad, en la mesa de noche de mi padre, la fantástica historia de América Latina descrita en Memoria del fuego. ¿Cómo un libro tan complejo puede seducir a una adolescente?, es la magia de la escritura de Galeano quien relata una forma de ver la historia de manera apasionada y expresando de manera sencilla conceptos muy complejos. Allí nos decía “Enfermo está el mundo, donde tener y ser significan lo mismo”.

Ya joven, en el paso por la universidad, era imposible no leer su famosa obra Las venas abiertas de América Latina. Era lectura obligatoria para descubrir la indignación por la injusticia histórica del continente, compartido por todos los procesos de colonización del mundo. Puede ser que esta obra haya envejecido mal y ahora nos suene a panfleto comunista, pero en ese momento, les aseguro, cada una de sus páginas era devorada como un descubrimiento político que nos marcaba el alma. En ella expresaba “La división internacional del trabajo consiste en que unos países se especializan en ganar y otros en perder.” Pero también prevenía “En la historia de los hombres cada acto de destrucción encuentra su respuesta, tarde o temprano, en un acto de creación”.

Comprendo que su escritura sencilla y llena de emociones es producto de un autodidacta y no del aprendizaje académico. Galeano, antes de convertirse en un intelectual destacado de la izquierda latinoamericana, trabajó como obrero de fábrica, dibujante, pintor, mensajero, mecanógrafo y cajero de banco, entre otros oficios. Creo que en esa vida cotidiana de un militante por la justicia social encontró su voz, esa que tan familiar sonó a millones de latinoamericanos en el mundo.

Como un homenaje cariñoso, comparto fragmentos de uno de sus escritos favoritos, presentado al recibir el Premio Stig Dagerman, en Suecia en 2010. Coincidirán conmigo sobre su pertinencia política actual.  

“Ojalá seamos dignos de tu desesperada esperanza. Ojalá podamos tener el coraje de estar solos y la valentía de arriesgarnos a estar juntos, porque de nada sirve un diente fuera de la boca, ni un dedo fuera de la mano. Ojalá podamos ser desobedientes, cada vez que recibimos órdenes que humillan nuestra conciencia o violan nuestro sentido común. Ojalá podamos merecer que nos llamen locos, como han sido llamadas locas las Madres de Plaza de Mayo, por cometer la locura de negarnos a olvidar en los tiempos de la amnesia obligatoria (...)”

Ojalá podamos ser tan porfiados para seguir creyendo, contra toda evidencia, que la condición humana vale la pena, porque hemos sido mal hechos, pero no estamos terminados. Ojalá podamos ser capaces de seguir caminando los caminos del viento, a pesar de las caídas y las traiciones y las derrotas, porque la historia continúa, más allá de nosotros, y cuando ella dice adiós, está diciendo: hasta luego (...)”

“Ojalá podamos mantener viva la certeza de que es posible ser compatriota y contemporáneo de todo aquel que viva animado por la voluntad de justicia y la voluntad de belleza, nazca donde nazca y viva cuando viva, porque no tienen fronteras los mapas del alma ni del tiempo”.

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