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Gelman, sin derrumbe

La risa se le fue en 1976, cuando la dictadura secuestró y desapareció a sus hijos Marcelo y Nora

La Razón (Edición Impresa) / Jorge Mansilla Torres

00:02 / 14 de enero de 2015

Falleció hace un año, en esta mera fecha. “Fue mi culpa no conocer Bolivia y en mi poesía va la disculpa”, nos dijo en 2009. Fumaba como escribía: sin tregua. Hablaba poco; sabía dejar palabra a los silencios. Se llamaba Juan Gelman y era argentino.

Dicen que antes reía y militaba en la alegría de la revolución. La risa se le fue en 1976, cuando la dictadura secuestró y desapareció a sus hijos Marcelo y Nora y a su nuera María Claudia, quien estaba encinta. Sufrió Gelman esos crímenes sin dejar que el odio se le cuele. Se hizo de una sonrisa que parecía mueca.

En 2000 logró encontrar a su nieta María Macarena en manos de una familia uruguaya colaboracionista del fascismo. Ese hallazgo le hizo feliz, pero no alteró el sello de su sonrisa reglamentaria.Gelman leyó una vez en la Casa Lamm uno de los muchos poemas escritos para sus hijos. El poeta mexicano Hugo Gutiérrez Vega le dijo: “¡Pinche Juan, cómo tienes vivos a tus muertos y a tus renacidos! ¡Siempre me haces llorar, carajo!”.

Fui a la funeraria ese 14 de enero en el Distrito Federal y vi que la palidez ucraniana de su rostro estaba ya rebasada por el blanqueo que en la piel deja la sangre cuando no fluye. Pensé en su exilio de 37 años cargando a sus muertos por el mundo a falta de fosa-patria. “Hay escondrijos donde el amor se pudre y hay que salir de ellos. Libertad, libertad, grita el camino caminado”, escribió en ese trance.

El poeta argentino, nacido en 1930, decía sentir miedo ante una página blanca que espera ser excitada por el deseo carnal de quien escribe sobre ella y no sabe si eyaculará o no. La poesía, hembra matrera, suele incitar al poeta con gemiditos de ansia,  y cuando presiente una descarga seminal, goza hasta el delirante punto G. De Gelman.

No creaba en el odio, sino en la pérdida, en la ausencia: “Escribo en el olvido/en cada fuego de la noche/ en cada rostro de ti. / /Hay una piedra llana/ donde te acuesto mía/ y gimo contigo./ He fundado pueblos en tu dulzura,/ he sufrido contigo y en ti. /Me perteneces, extranjera”. Cuando incineraron sus restos, piel y huesos se fueron en las volutas de los cien mil cigarrillos que se fumó en vida, pero la esencia de su poesía que nos impregnó el alma está encendida. Y humeante.

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