Columnistas

Gen autárquico

En nuestra historia se repiten hasta el cansancio la ruptura, la falta de consenso y el poder personalizado

La Razón (Edición Impresa) / José Rafael Vilar

00:00 / 10 de junio de 2014

En estos días se anunció la (esperada y necesaria) abdicación del rey español, Juan Carlos I de Borbón y Borbón-Dos Sicilias. Actor decisivo de la transición posfranquista junto con el recientemente fallecido Adolfo Suárez González. Con ambos termina esa etapa fundadora de la democracia en España. No voy a relatar su historia (ni la positiva ni la oscura) porque ya ha sido comentada y harto. Me extenderé en lo importante: los entornos.

El primer entorno es inmediato, con ámbitos proyectivo y disruptivo. Del primero hoy confluyen varias crisis en España (económica, que no termina; fragmentadora; de descrédito de la clase política); la continuidad del modelo con la incorporación de mejoras imprescindibles puede ser razón de estabilidad (no hacerlo sería un suicidio).

Austeridad y transparencia, pero con inmediatez y proactividad, serían recursos que ayuden a mejorar el modelo vigente. En este sentido, la reconfirmación de la aceptación ciudadana mediante su voto (el referéndum sobre el modelo de gobierno) puede contribuir a crear confianza si triunfara su opción, pero no ahora, que es momento de incertidumbres ya señaladas, sino en el mediano plazo, cuando haya clarificaciones.

A su vez el disruptivo (¡República ya!) me retrotrae a las dos experiencias anteriores: la primera, muy corta (1873-4), sumamente inestable, con facciones internas irreconciliables; la segunda, corta (1931-9), también inestable y contradictoria, cuyas propias fuerzas nuevamente irreconciliables y enfrentadas fueron caldo de cultivo para la sublevación militar, la Guerra Civil (“laboratorio” militar entre el eje fascista y la Unión Soviética comunista) y la posterior dictadura franquista. El común denominador de ambas fue la desunión de sus propias bases políticas. Las causas: la falta de un proyecto país consensuado y la ausencia de diálogo.

Esta falta de consenso es lo que encuentro en la nueva propuesta de República, al margen de su aceptación o no por la sociedad en su conjunto. Deshacer lo existente para hacer lo opuesto sin acordar cómo hacerlo, ése es el resumen de las dos anteriores etapas y de la actual, y es también mucho, muchísimo, de nuestra historia iberoamericana (de ambos lados del Atlántico), que es el segundo entorno: centrípeta y centrífuga a la vez, individualizada y personalizada, volitiva, continuamente negadora y permanentemente reconstructora.

Si autarquía es “dominio de sí mismo” y “autosuficiencia” y gen de “unidad transmisora de la herencia”, revisando nuestra historia (de allá y de acá), desde el Medioevo encontramos repetidos hasta el cansancio la continua ruptura, la falta de consenso, la mutua negación y el poder personalizado (transitorio) en caudillos con disímiles etiquetas, fenómenos que, en atrevida propuesta conceptual, responderían a un gen autárquico que hemos desarrollado en esa herencia y con el que, independiente de ismos, volvemos a actuar. Pero, como enseña la genética, no es condición fatal, porque una acción sobre el gen puede cambiarlo: la necesaria conciencia de ello. 

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