Columnistas

Generación Mafalda

Quino es sobre todo un observador de su tiempo, la naturaleza humana y las interrelaciones sociales

La Razón (Edición Impresa) / Lourdes Montero

03:05 / 03 de febrero de 2014

Todavía recuerdo con cuánto afán protegía mi colección de historietas de las manos destructoras de mis hermanos. Fueron gracias a esos cuadernos apaisados, de tapas de colores, publicados por la editorial argentina Ediciones de la Flor, que conocí a Mafalda. Teníamos casi la misma edad cuando nos encontramos. Mi padre, para incentivar mi gusto por la lectura, me los regaló; y yo me escondía en el altillo de mi casa, escapando del calor, para pasar horas en un barrio de Buenos Aires. Treinta y ocho años después todavía Mafalda me acompaña cuando busco escapar de la realidad. Y ese encuentro íntimo con el personaje de Quino parece ser compartido por muchos en Bolivia. Tal vez ya es hora de reconocernos como parte de la generación Mafalda.

Me preguntarán qué trae este personaje a Santa Cruz, a fines de la década del 70, para marcar mi identidad generacional. Claramente mi niñez transcurre lejos de las dictaduras argentinas y las intenciones políticas del autor, pero algo me hermana con la pequeña Mafalda y es la mirada burlona de la cotidianidad del surgimiento de una nueva clase media en América Latina.

Así, su familia podía ser la mía. Un padre trabajando a disgusto en una oficina, sin poder costear la vida que transcurre por la televisión (“¿Cada día mandamos un hombre al trabajo y Esto es lo que nos devuelven?”). Una madre, ama de casa, utilizando su título profesional como rulero (“¿Mamá, qué te gustaría ser si vivieras?”). Y unos amigos, arquetipos de la sociedad, que hasta hoy me sirven para clasificar el mundo cuando explico que mi amiga “es una Susanita” o mi sobrino “tiene aspiraciones de Manolito”. Y, sin más palabras, todos entienden de qué hablo.

Este año Mafalda cumple 50 años. Con ella celebremos cinco décadas de la existencia de una generación Mafalda que soñaba con un mundo mejor, pero que constató que “si uno no se apura a cambiar el mundo, después es el mundo el que lo cambia a uno”. Lo más claro es el inconformismo de Mafalda, su protesta sobre los problemas políticos, la desigualdad y la injusticia. Pero lo más profundo es su burla de la clase media, su risa condescendiente de nuestros pequeños sueños, del ahorro cotidiano para costearnos unas vacaciones, del odio a los jefes y la oficina. Ése es el espejo en el que aún podemos mirar a los niños que fuimos y los adultos en los que nos convertimos. 

Y es que Quino es sobre todo un observador de su tiempo, la naturaleza humana y las interrelaciones sociales. La acción política de sus historietas no está relacionada solo con la denuncia del status quo, sino con el proceso de diálogo y cuestionamiento interno que produce en el lector al lograr que se reconozca en su propia realidad.

Y con esta constatación, retomo las palabras de mi maestro, Salvador Romero Pittari, que hace unos años decía: “Mafalda hace falta ahora, en tiempos en que las divisiones se profundizan con falsos discursos sobre lo ancestral, la comunidad, lo auténtico. Ella asentó en mi visión de que la política nacional debe abarcar a las distintas clases, incluida la media que es el lugar de la llegada de los sectores en ascenso, el elemento de engarce, sobre todo en Bolivia”. Y es que en mi historia personal, lo reconozco, las críticas de Mafalda me apelan más que la teoría sobre la lucha obrera, el ruralismo y lo ancestral. 

Es cientista social.

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