Columnistas

Gigantismo

La felicidad no puede ser alcanzada por medio de la frenética acumulación de riqueza material

La Razón (Edición Impresa) / Jorge Komadina Rimassa

00:02 / 21 de mayo de 2015

En 1973, el economista inglés E. F. Schumacher publicó Small is Beautiful (Lo pequeño es hermoso), uno de los 100 libros más influyentes escritos desde la II Guerra Mundial, según The Times. El libro es una despiadada y a veces ingenua crítica a la “idolatría del gigantismo”, la ideología y el sentido común del desarrollo capitalista. De acuerdo con su principal argumento, la producción masiva de bienes materiales (que demanda infraestructuras colosales) es insostenible en el largo plazo; por efecto de la sobreexplotación, los recursos naturales, asumidos por gobernantes y empresarios como “partidas de ingreso, a pesar de que son sin duda bienes de capital”, se convertirán en bienes escasos.  

En un tono profético, Schumacher advierte que la búsqueda desmedida del crecimiento destruye el medio ambiente, pero también contamina las relaciones sociales. La felicidad, dice el autor, no puede ser alcanzada por medio de la frenética acumulación de riqueza material. Su respuesta fue volver a la escala humana, a las necesidades humanas, a la convivialidad, a los emprendimientos pequeños que fortalecen el lazo social y protegen la naturaleza. 

Leer este libro en Bolivia en 2014, en un momento en que el gigantismo ha triunfado a escala mundial, produce sensaciones contradictorias. Puede ser leído como un alegato ingenuo contra el consumo masivo, la tecnología y las industrias culturales, y sobre todo por su visión romántica de la “humanidad”. Pero también puede ser leído como una profecía de sorprendente actualidad, que nos deja la sensación de haber sido escrito ayer, en la víspera de la crisis ecológica, en el umbral de la crisis financiera.

En todo caso, el gigantismo ya está entre nosotros. En pocos años nos hemos convertido en una potencia emergente (o casi). Ya tenemos un fabuloso teleférico y pronto tendremos trenes metropolitanos, estadios colosales, satélites, ciudades inteligentes, plantas de energía nuclear, los complejos culturales más grandes del continente, en fin. Nada expresa mejor esta súbita pulsión colectiva que los neologismos que se han introducido tanto en nuestro lenguaje político como en nuestra habla cotidiana: hipercrédito, megataquillazo, megaobra, gigadatos, megaciudad, hipercarreteras. Nosotros, los hipertélicos.   

¿Estos neologismos y otros responden efectivamente a un cambio de escala en la inversión pública boliviana? ¿Implican una visión ambiciosa y menos acomplejada de nuestro futuro? ¿Son solo palabras? ¿Megagillipolleces? No es fácil decirlo. Solo tengo una certeza: el poder político es un artefacto que solo puede ser significado con obras monumentales. De hecho, la arquitectura monumental es en sí misma portadora de significado y expresión de poder. Detrás de cada megaobra encontramos un plus de significado, una ideología de probada fascinación.

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