Columnistas

Gladys Oroza, con él en el cielo

‘Tengo una herida abierta en el corazón que, sin duda, se me ha de cerrar sólo el día que yo expire...’

La Razón / Rubén D. Atahuichi López

00:45 / 27 de marzo de 2012

Yo creo que las lágrimas ya se me han secado. Yo tengo una herida abierta en el corazón que, sin duda, se me ha de cerrar sólo el día que yo expire... cuando encuentre los restos de mi hijo”. Y la vida de Gladys Oroza de Solón expiró, y quizás ella, por su cuenta, encontró a su hijo José Carlos Trujillo Oroza allá arriba. Una lágrima gruesa brotaba de sus ojos cuando, en 1999, le pedí que me contara la historia. Entre suspiro y suspiro, me relató la atrocidad que su hijo había pasado desde aquel 23 de diciembre de 1972, cuando la dictadura de Hugo Banzer Suárez le había despojado parte de su vida.

Llevaba siempre un cartel con la foto de su hijo, entonces de 21 años y estudiante de segundo año de Filosofía de la Universidad Mayor de San Andrés de La Paz: ¿Dónde está mi hijo, General? Y el General murió años después sin decirle la verdad, aunque le respondió lacónico y sin sangre en los ojos: “La señora está equivocada. Es madre, la respeto, pero no puedo ser yo ni el autor intelectual ni material del hecho; rechazo la sindicación”.

¿Cómo que no fue ni el autor intelectual ni material? Cuando el régimen de facto cerró las universidades, decenas de estudiantes fueron detenidos y algunos, como José Carlos, desaparecidos. Con el joven, habían encontrado argumentos, era miembro del Ejército Nacional de Liberación (ELN), una facción de izquierda que propició una dura oposición a la dictadura.

Oroza guardaba esperanzas de tener a su hijo en casa. Incluso, un día, el entonces subsecretario del Interior, Guillermo Elío, le comunicó que el universitario estaba siendo liberado. “Mamita, están poniendo en libertad (a los presos), anda a hablarle (a tu hijo)”, le dijo por teléfono. Y nada…

Evidentemente, ese día fueron liberadas diez personas, entre ellas supuestamente José Carlos, Alfonso Toledo Rosado y Carlos López Adrián. En su desesperación, la afligida mujer se fue inmediatamente a la casa de Elío en Santa Cruz. Tocó la puerta y salió la madre de éste, quien le dijo que el Subsecretario “acaba de irse a La Paz”. Aún más preocupada, se fue ante el comandante de la Policía de Santa Cruz, entonces el coronel Ernesto Morant, quien le aseguró que a José Carlos le habían liberado. Para convencerla, la autoridad le entregó un radiograma: “Póngase en libertad a José Carlos Trujillo, a Alfonso Toledo y a Carlos López Adrián”, indicaba el documento fechado el 1 de febrero de 1970.

Ni Trujillo Oroza, ni Toledo Rosado, ni López Adrián fueron liberados. “Ése es el telegrama que este hombre ha mostrado a todos los organismos internacionales que han reclamado por mi hijo. Entonces, fue una trama bien organizada”, me había contado la madre.

José Carlos había estado recluido en la cárcel de El Pari de Santa Cruz hasta el 3 de febrero de 1972, día en que desapareció. Lo que más le dolía a Oroza era haberle visto días antes con el pecho lastimado de quemaduras y… las manos en el bolsillo. Pero lo más impactante pasó el día que Gladys fue a casa de su hermana Martha. Uno de los hijos de ésta, el chiquito de diez años, desnudó los secretos que sabía su madre:

“¡Ay!, al tío ‘Jo’ —así le llamaba a José Carlos— le sacaron las uñas con alicate”, le comentó el pequeño. “‘Marthita —le dije—, ¿qué pasa?’. Y ella me dijo: No, no es nada, no te preocupes”, recordaba la madre de José Carlos. “El día que volví (a la cárcel) le dije: A ver, hijito, dame tus manitas... Él no pudo más que sacarlas. ‘Quiero que me des las dos’. Entonces, ahí advertí cómo le faltaban dos uñas en la mano derecha y una en la mano izquierda”. Ahora, en el cielo, ella debe estar curando las manos de su hijo… en paz.

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