Columnistas

Gobierno de la ciudad

La Razón (Edición Impresa) / Tribuna - Carlos Ernesto Ichuta Nina

00:00 / 23 de enero de 2017

Primero, al finalizar la Autopista La Paz- El Alto se abre la Av. Montes como la principal ruta de acceso al centro de la sede de gobierno. Ese espacio, que hace 30 años era dinamizado únicamente por los asistentes del Cine México, los compradores de las ferreterías y los estudiantes de las escuelas Brasil y España, sintetiza hoy el caótico modo de ser de La Paz, pues una gasolinera, una unidad académica, un sinfín de negocios privados y el trajín ruidoso del transporte concurren allí desastrosamente.

El agravante de esta incontrolable situación lo conforma el fondo de ese paisaje, cuyos edificios históricos, testigos mudos de esos cambios, lucen como ancianos decrépitos y abandonados, cuando en cualquier otra ciudad sede de gobierno serían revitalizados para ser objeto de presunción turística. En cambio, esa arquitectura, que se extiende hasta calles más abajo, luce ruinosa y vergonzosa al punto de que parece no guardar diferencia con la famosa Casa de la Democracia, la cual parece haberse mantenido de pie tras un bombardeo atómico. Una clara manifestación del descuido de las edificaciones históricas por parte de las autoridades municipales es el reciente derrumbe parcial de una casa patrimonial ubicada en plena Plaza Murillo.

Segundo, el 29 de diciembre, en otro hecho vergonzoso, ante la inconformidad de la población por el servicio de recojo de la basura, los ejecutivos de la “empresa” La Paz Limpia se presentaron en el programa de televisión Anoticiando, para anunciar que hasta fines de febrero contarían con la “maquinaria más especializada, compleja y de primer mundo para mantener limpia la ciudad”, cuando fue en octubre que se adjudicaron el recojo de la basura, cobrando la cifra aproximada de Bs 232.000 por día. Dicha publicidad repetida hasta el cansancio, presumiendo que tal empresa será la más moderna de la región, desvela que el Gobierno Municipal se encuentra costeando la formación de capital privado, en vez de dotar a la ciudad de su propio patrimonio.

Tercero, el Mercado Lanza lleva más de cinco años de vida, y, contra lo deseable, luce en peores condiciones, muestra de lo cual es el trato inamistoso de sus vendedoras, entendible quizá por el adefesio que las cobija. Pero resulta que los genios de esa edificación reprodujeron su estética en el Mercado Camacho, cuyos recovecos denuncian una estructura poco adecuada para soportar una desgracia natural. Para colmo de males, según un plan operativo anual, el Gobierno Municipal amenaza con destinarle la misma suerte al Mercado Uruguay. Con relación a esto, valdría la pena evaluar la utilidad de los viajes del Alcalde en el aprendizaje de las experiencias de otras ciudades; por ejemplo, de Cuenca (Ecuador), cuyo populoso Mercado 9 de Octubre fue remodelado magníficamente bajo la filosofía de “recuperar la ciudad para los ciudadanos”. Pero el burgomaestre paceño está “enamorado”, según la Directora de Comunicación Social de la Alcaldía, y eso explica su vagabundeo.

Cuarto, a un año del aumento de los pasajes, los choferes del transporte urbano resultaron ganadores de un juego de suma positiva dejando como gran perdedor no a la municipalidad, sino a la ciudad, porque mientras ellos aumentan sus privilegios, el caos vial, el trameaje, la contaminación auditiva y visual siguen avasallando la vida cotidiana de la ciudad. Y mientras unos ganan más, las calles empobrecen en su calidad, cuyas aceras se desmoronan.

El punto concluyente es: ¿quién gobierna esta ciudad?, ¿para quién se gobierna?, ¿es el recojo discriminatorio de la basura evidencia de un gobierno por y para la clase media? Una municipalidad que incluso tiene congeladas sus ordenanzas, al no asegurar la propiedad de sus ciudadanos, delata a un gobierno que está descuidando sus más básicas tareas.

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