Columnistas

Golpe de Estado

La desobediencia colectiva de un grupo de policías no tenía como fin derrocar al Gobierno

La Razón / Ricardo Paz Ballivián

00:22 / 02 de julio de 2012

El motín policial que se venía anunciando desde tiempo atrás, finalmente se produjo en vísperas de la llegada de la IX marcha indígena en defensa del TIPNIS. Los alzados, con obvio sentido de la oportunidad, pusieron en jaque al Gobierno y obtuvieron casi todo lo que demandaron. En medio del conflicto, los voceros oficialistas denunciaron al mundo entero que Bolivia padecía los aprestos y el eventual inicio de un golpe de Estado.

Debemos a los franceses el concepto de golpe de Estado (coup d'État) que comenzó a ser empleado en el siglo XVIII, pero más en el sentido de “autogolpe”; es decir, el desplazamiento de ciertas autoridades del Estado por parte de la autoridad suprema. Fue en 1930 que apareció el libro Tecnica del colpo di Stato (Técnica del golpe de Estado) de Curzio Malaparte, que impondría el uso del concepto en su acepción actual. Malaparte decía que el golpe de Estado era una operación ejecutada por fuerzas militares y/o por poderes civiles, a través de acciones orientadas a generar caos social, que provocaban la caída del régimen.

La desobediencia colectiva de un grupo de policías frente a sus mandos naturales, que se produjo en nuestro país hace dos semanas, no tenía como fin derrocar al Gobierno,  y por lo tanto no podía ser clasificada como un intento de golpe de Estado, sino como lo que efectivamente era: un motín.

Que existan motines policiales en una democracia moderna sólo demuestra, una vez más, la franca situación de anomia social en la que vivimos hace ya más de una década. Que los policías se comporten como un sindicato y olviden que son una de las instituciones que detentan el monopolio legal del uso de la fuerza del Estado nos grafican de forma dramática el grado de corporativización de la sociedad al que hemos llegado. Pero de ninguna manera podemos decir que aquello era un intento de golpe de Estado.

No es nuevo el recurso utilizado por el Gobierno para enfrentar una movilización opositora (sea ésta partidaria, corporativa o institucional) tachándola de conspirativa o desestabilizadora. Tampoco son la cautela o la sindiéresis los atributos más destacables de los eventuales voceros, que se apresuran, cada vez que las papas queman, en utilizar conceptos y categorías que desconocen y lanzan de forma desaprensiva.

Sin embargo, lo más grave no es que se hubiera lanzado la alerta del inexistente golpe de Estado para controlar un motín policial y de paso salpicar un poco a la oposición política. Lo realmente preocupante es que no reflexionemos acerca de las causas y las derivaciones del motín. Debemos pensar en esos días en que no hubo policía y en el riesgo que vivimos. La desinstitucionalización nos está llevando a la diáspora social y muy pocos parecen advertirlo.

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