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¿Gramsci, el culpable?

Gramsci diría que se necesita, con urgencia, una profunda reforma intelectual y moral

La Razón (Edición Impresa) / Yuri F. Tórrez

03:54 / 08 de marzo de 2016

Si el filósofo Antonio Gramsci fue hallado culpable, entre otros cargos, por instigar a la guerra civil y hacer apología del delito en la Italia fascista de 1928,  quizás hoy sería el “culpable” de la derrota de la opción del Sí en el referéndum constitucional, que buscaba un resquicio para habilitar la repostulación del binomio Evo Morales-Álvaro García en los comicios de 2019. La metáfora de la culpabilidad de aquel pensador italiano nos sirve para graficar el momento político actual del país, marcado por el revés electoral sufrido por el oficialismo el 21 de febrero, lo cual puede convertirse en una inflexión para el despliegue hegemónico del Movimiento Al Socialismo (MAS).

Desde hace 10 años el filósofo italiano se puso de moda en las ciencias sociales en Bolivia. En rigor, el concepto de hegemonía acuñado por Gramsci fue usado recurrentemente por moros y cristianos para comprender y explicar el “proceso de cambio” y la irradiación política/electoral del Movimiento Al Socialismo (MAS). Gramsci define a la hegemonía como la capacidad de un grupo social para generar una idea “universal” sobre ciertas particularidades, con el propósito de interpelar o convocar a través del consenso al conjunto de los grupos sociales de una comunidad política ampliada, marcando así las condiciones necesarias sobre las cuales quienes osen desafiar también deben moverse.

Desde 2005 la hegemonía del MAS en el campo político boliviano se fue ensanchando, y devino luego de haber zanjado un momento de polarización, señalado con otro término gramsciano: el “empate catastrófico”. Dicha hegemonía se reflejó en una irradiación territorial, avanzando inexorablemente hacia su consolidación, con base en la legitimidad del liderazgo de Evo Morales, sobre todo en el campo electoral. Su expansión territorial se dio fundamentalmente en zonas otrora inexpugnables o resistentes al proceso de cambio: las regiones de la “media luna” y las ciudades donde está asentada la clase media.

Ciertamente, el MAS logró seducir electoralmente a la ciudadanía más allá de sus bases, incluso a costa de embargar algunos principios constitutivos de su proyecto estatal inicial en aras de su construcción hegemónica. No obstante, hoy cabe preguntarse si los resultados del referéndum constitucional son una suerte de indicador que marca los límites de la expansión hegemónica del MAS.

René Zavaleta decía que la crisis social y el acto electoral son dos formas de conocimiento que muestran no solamente las contingencias coyunturales que podrían haber sido decisivas para la definición del voto, sino, sobre todo, los factores estructurales de la sociedad. Entonces, ¿el sufragio del 21 de febrero nos estaría diciendo algo? Si la respuesta es afirmativa, es para poner las barbas en remojo. En rigor, ¿será que el proceso de transformación estatal y la propia consolidación del Estado Plurinacional como tal estarían en su momento de peligro?, ¿o más bien se trata de una oportunidad distinta?

En todo caso, siguiendo a Gramsci, la hegemonía cultural que debería asentarse en valores en torno a un nuevo sujeto articulador, el indígena en este caso, está siendo vaciada por una especie de desencanto respecto a ese imaginario del “buen salvaje”, por ejemplo, alimentado por las denuncias de corrupción en el Gobierno, que afectan inclusive a la propia imagen del Presidente indígena. Si fuera así, con el propósito de recuperar el mismo proceso de cambio, Gramsci diría que se necesita urgentemente una profunda reforma intelectual y moral.

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