Columnistas

Guerra de imaginarios

La Razón (Edición Impresa) / Jaime Iturri Salmón

00:02 / 02 de febrero de 2018

Así como la primera revolución se da en la cultura, la primera batalla se produce en nuestros cerebros y corazones. Mattelart cuenta cómo en la Primera Guerra Mundial se enfrentaron dos formas de hacer propaganda: aquella destinada a la razón y aquella destinada a manipular las emociones. La primera fue encargada a los generales alemanes, la segunda, a los directores de los principales periódicos británicos. De más está decir que los segundos ganaron la contienda.

Así se explica lo ocurrido con el abrogado Código del Sistema Penal. Mientras el oficialismo bregaba por explicar algunas de sus virtudes, a la oposición le bastó difundir medias verdades para que muchos creyeran ser afectados en vez de favorecidos. El resultado usted lo conoce. El gran error del Gobierno fue no darse cuenta que comunicación es vanguardia, no defensa; que primero hay que explicar, luego convencer y finalmente aprobar.

Mientras tanto, la derecha trata de vender su charque: que son la democracia, que luchan contra la “tiranía” y que son pacíficos. Es propaganda. Y claro, en medio de ella se realizan actos muy burdos como querer comparar a los jóvenes que apoyan al proceso y que visten poleras negras con las juventudes SS de Hitler que usaban uniformes del mismo color. Una estupidez si no fuera que detrás de ella está la idea de que la violencia vendrá del masismo contra los pacíficos opositores.

De verdad, los asesores extranjeros de la derecha leyeron muy bien los errores de 2008. El paro de Santa Cruz, para poner un ejemplo, fue acatado por muchos de manera convencida, pero hubo también los que lo impusieron a palos, amenazando, amedrentando y cobrando peaje. Basta leer un poquito de historia para comprobar que la derecha puede travestirse y levantar las banderas democráticas, pero detrás de la piel de cordero está la violencia.

Viendo la foto de los chicos en cuestión, reconozco a varios de ellos y veo los ojos de sus padres. A una de ellas una militante argentina le preguntó si tenían contacto con los históricos, y le respondió “somos hijos de los históricos”. Muchos de ellos no provienen de familias de militantes de la izquierda, pero muchos de ellos sí. Son hijos de hombres y mujeres que ganaron la democracia, las libertades de las que hoy gozamos; y de quienes hicieron historia luchando contra los fachos y los neoliberales.

Y si me esfuerzo más, reconozco en ellos a los bisnietos de los combatientes internacionalistas del Madrid que gritaron “No pasarán”, y de los guerrilleros que derrotaron a los nazis en Yugoslavia, en Francia y en Italia. Sí, sus poleras son de color negro, pero no su corazón.

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