Columnistas

Guerras culturales

La división entre la cultura popular y la alta cultura no es tan antigua como cree la gente. Entre la cultura alta y la cultura de masas siempre hay un intercambio subterráneo.

La Razón / Umberto Eco

00:00 / 23 de septiembre de 2012

Al discutir el nuevo libro de Frederic Martel, Mainstream, en una edición reciente de la revista italiana La Repubblica, Angelo Aquaro y Marc Auge regresan a un tema que brota con cierta frecuencia, pero siempre desde ángulos nuevos; o sea, la diferencia entre la alta y la baja cultura. Por supuesto, una persona joven que hoy en día escucha indiscriminadamente a Mozart y música folklórica quizá lo considere irrelevante. Vale la pena mencionar, sin embargo, que el tópico era candente hace medio siglo. En 1960, el crítico cultural estadounidense Dwight Macdonald escribió un excelente ensayo intitulado Masscult y Midcult, en el que identificaba no dos, sino tres niveles de cultura.

Según Macdonald, Joyce, Picasso y Stravinsky representaban alta cultura, en tanto que los filmes de Hollywood, la música de rock y las cubiertas de la revista The Saturday Evening Post (muchas de ellas del pintor estadounidense Norman Rockwell) definían al masscult (o cultura de masas).

Macdonald, empero, también identificó un tercer nivel cultural, midcult (cultura media), que comparó con los productos de entretenimiento que pedían prestado algunos de los estilos avant-garde aunque seguían siendo básicamente kitsch. Entre los ejemplos pasados de cultura midcult Macdonald enlistaba la obra de pintor victoriano nacido en Holanda Sir Lawrence Alma-Tadena y el dramaturgo francés del cambio de siglo Edmond Rostand. En cuanto a artistas midcult de su propio tiempo, Macdonald identificaba a Ernest Hemingway en su periodo tardío y al escritor estadounidense Thorton Wilder, cuya obra Our Town (Nuestro pueblo) ganó el Premio Pulitzer. Muy probablemente Macdonald pudo haber añadido muchos libros exitosos del editor italiano Adelphi, quien, junto con los promotores de la alta cultura, también publicó a autores como W. Somerset Maugham, el húngaro Sandor Marai y el sublime y prolífico novelista belga Georges-Joseph-Christian Simenon (Macdonald hubiera clasificado las novelas de detectives protagonizadas por el inspector policiaco Jules Maigret como masscult, y los libros de Simenon no de Maigret como midcult).

La división entre la cultura popular y la alta cultura no es tan antigua como cree la gente. Auge, de La Repubblica, cita el funeral del autor francés Victor Hugo, al que asistieron cientos de miles de personas (¿era la obra de Hugo midcult o alta cultura?), en tanto que las tragedias de Sófocles eran disfrutadas por los vendedores de pescado de El Pireo. Tan pronto como fue puesta en circulación a principios del Siglo XIX la novela The Betrothed de Alessandro Manzoni fue objeto de varias reediciones, una marca indudable de su popularidad. Y no olvidemos la famosa historia del herrero cantor que alteró las líneas de los poemas de Dante, lo que sin duda causó la ira del poeta, pero también reveló que incluso los analfabetos conocían su obra. Cierto: en la Roma antigua la gente abandonaba las presentaciones de las obras de Terence para acudir al circo y ver a los osos. Pero es cierto también que en nuestros tiempos los intelectuales más refinados están dispuestos a abstenerse de asistir a un concierto para ver un gran partido de fútbol. El hecho es que la diferencia entre dos (o tres) culturas se hace evidente sólo cuando el avant-garde histórico se concentra en provocar a los burgueses al elogiar lo ilegible o rechazar las representaciones como valores artísticos.

¿Ocurrió esta brecha entre la alta y la baja cultura en nuestros tiempos? No, porque los compositores clásicos como Luciano Berio y Henri Pusseur tomaron muy en serio el rock; y muchos cantantes de rock saben más acerca de la música clásica de lo que supone la gente. La erupción a mediados de siglo del arte pop puso de cabeza a las jerarquías culturales tradicionales. Hoy día el premio por ilegibilidad corresponde a muchos libretos de historietas extremadamente refinados (lo que ahora llamamos “novelas gráficas”), e incluso muchas de las pistas sonoras de filmes llamados spaghetti Westerns son consideradas música de concierto. Actualmente sólo se necesita observar una subasta televisada para contemplar a gente que podríamos definir como “no sofisticada” (cualquiera que compre una pintura por televisión claramente no es miembro de la élite cultural) comprar lienzos abstractos, de arte elevado que sus padres hubieran descartado como pinturas hechas con la cola de un burro. Como dice Auge: entre la cultura alta y la cultura de masas siempre hay un intercambio subterráneo, y muy frecuentemente este último se alimenta de la riqueza del primero (y, añadiría, viceversa).

La distinción moderna entre niveles culturales se ha desplazado de un enfoque sobre el contenido de una obra determinada hacia la forma en que es disfrutada. No hay, en otras palabras, mucha diferencia entre Beethoven y Jingle Bells. La música de Beethoven, que ahora ha sido reimaginada como musak para elevadores y una serie de tonos agudos, se disfruta sin la atención consciente del oyente (como lo hubiera dicho el crítico cultural Walter Benjamin), y en consecuencia se ha convertido en buen grado en música de anuncio publicitario o jingle.

Por otra parte, un jingle creado para un anuncio de detergente puede convertirse en sujeto de crisis analítico y conquistar apreciación por sus aspectos rítmicos, melódicos o armónicos. Más que el objeto en sí, lo que ha cambiado es nuestra perspectiva de él. Hay una perspectiva comprometida y una descuidada. Aquéllos con una perspectiva (u oído) descuidada pueden escuchar a Wagner como pista sonora de un programa de reality, en tanto que aquellos dotados de un oído más refinado pueden sentarse y disfrutar de Tristán e Isolda en los discos de vinilo de años idos.

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