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Gustos y colores

Nadie, por más inteligente que se considere, tiene derecho a juzgar nuestros gustos

La Razón / Alejandro F. Mercado

00:00 / 18 de febrero de 2012

El Gobierno de China ha decidido regular dos de los programas más vistos de la televisión, señalando que se debe limitar los programas que, de acuerdo con su criterio, irradian tendencias vulgares y representan un entretenimiento excesivo (sic). Esta información me ha inducido a escribir el presente artículo.

Nuestros gustos y preferencias tienen la característica de ser algo individual, personal y privado. En realidad no sabemos a ciencia cierta cómo se forman los gustos, ni siquiera sabemos por qué nos gusta más cierto sabor respecto a otro, o por qué preferimos un determinado color. Aunque se intuye que nuestros gustos vienen determinados por factores biológicos y culturales, no existen modelos que validen esta suposición, mientras de lo que podemos estar seguros es que nuestros gustos ni siquiera dependen de nuestra propia voluntad.

Consideremos como ejemplo el caso de dos películas del año pasado, También la lluvia y Linterna verde. Si me dan a elegir entre las dos, elegiría Linterna verde, que aunque no logró cubrir las expectativas, fue mejor que la mediocre película española, calificada por Caviaro como una producción fallida, efectista y equivocada.

Seguramente habrá quienes me consideren poco inteligente por esta mi preferencia, bien por ellos que son muy inteligentes, yo estoy contento con lo que a mí me toca y no me interesa en cuánto puedan calificar mi coeficiente intelectual.

En el caso de la música, hace bastante tiempo trato de no ir a fiestas, por el hecho de que generalmente ponen únicamente cumbias. No es que la cumbia no me guste, sino que verdaderamente me desagrada; así que, por razones de salud, prefiero eludir aquellos lugares donde se escucha esta música. Es evidente que las cumbias son la música preferida por mucha gente de nuestra ciudad y, ciertamente, tienen todo el derecho de que les guste la cumbia o el sonido que haría un mono con tambor.

En el caso de las comidas prefiero las hamburguesas, los pollos a la broaster y las deliciosas papas fritas, a las tradicionales sopitas de cordero o los mentados calditos de cardán. Algunos podrán decir que estoy alienado por la cultura gastronómica imperialista; pueden decir lo que se les ocurra, me tiene sin cuidado, seguiré optando por una Big Mac a un plato de ranga.

Todo lo anteriormente expuesto solamente tiene el objetivo de mostrar que todos y cada uno de nosotros tenemos el derecho de tener nuestras propias preferencias, y nadie, por más inteligente que se considere, tiene derecho a juzgar nuestros gustos.

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