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La Habana: sucursal del cielo

Con este encuentro, la astuta diplomacia vaticana impulsada por Francisco se anota un galardón más

La Razón (Edición Impresa) / Carlos Antonio Carrasco

01:09 / 13 de febrero de 2016

Si existen las convergencias paralelas, una de éstas reunió ayer, en un elegante salón del aeropuerto de La Habana, al papa Francisco y a su homólogo Cirilo I, patriarca de Moscú y de todas las Rusias, primado de la Iglesia Ortodoxa. El histórico encuentro es el primero desde que en 1054 el gran cisma cristiano separó a los creyentes de oriente de la égida romana. Vanos fueron los intentos de aproximación de los anteriores papas para restablecer la armonía entre las dos más grandes corrientes cristianas. Sin embargo, la astuta diplomacia vaticana impulsada por Francisco se anota un galardón más en sus audaces emprendimientos de reforma y ruptura con un pasado tan intolerante como dogmático. A ello se añade la dúctil complicidad de los anfitriones, los hermanos Castro, quienes acomodaron la visita oficial de Cirilo I al itinerario de Francisco, haciendo de la capital cubana un oportuno punto de tránsito en su viaje a México.

Las diferencias entre Roma y los ortodoxos, que datan de hace casi un milenio, quedaron nimias ante la mutación del mundo a la realidad actual que confronta diferentes desafíos, quizá más graves que los pleitos de antaño. Entre éstos se cuenta la arremetida del Estado Islámico (EI) contra los cristianos de Medio Oriente y del África, por medio de una feroz persecución que ha cobrado muchas vidas inocentes. Esa tragedia puede haber motivado la prontitud de la importante cumbre eclesiástica, para enfrentar en acción común la defensa de las comunidades asediadas. Otras nuevas circunstancias son la acaramelada aproximación de Vladímir Putin con la iglesia ortodoxa rusa y el apoyo decidido de ésta a las incursiones militares del Kremlin, incluyendo la anexión de Crimea. En compensación, todo el peso de la ley castigó las ofensas religiosas protagonizadas por las chiquillas rebeldes del grupo punk-rock Pussy Riot. Además, para halago de los metropolitas, Putin hace ostentación al acudir devotamente a los oficios religiosos. Esa actitud corrobora la activa intervención rusa en los bombardeos contra los rebeldes sirios y los bastiones del EI, elevando a Putin a la estatura de defensor de la fe y de las raíces cristianas de Rusia y de Europa.

Paralelamente, la dinámica diplomacia vaticana favorece el diálogo  con el Presidente iraní, manteniendo a la vez una cordial relación con Washington, Moscú, La Habana y otros polos contrapuestos. Para cumplir su agitada agenda, Francisco, hábil administrador, ha puesto en marcha su fabulosa maquinaria diplomática, tirando los hilos de las 178 representaciones acreditadas ante la Santa Sede (es decir que, pese a ser el Estado más pequeño del mundo, únicamente no tiene embajadores en 15 países del orbe, entre ellos la China).

Oportuno es anotar que, desde siempre, el Vaticano es la potencia mejor informada a través de su red de prelados instalados en miles de parroquias en ciudades grandes y pequeñas, hasta en los villorrios más remotos del planeta. Por otra parte, los nuncios apostólicos son la crema de la profesionalidad diplomática, egresados luego de cuatro años de estudio en la docta Academia Pontificia Eclesiástica. Esas sólidas herramientas han permitido a Francisco alcanzar logros de reconocimiento universal, tales como el deshielo en los vínculos de Estados Unidos con Cuba, la revisión de Turquía en sus tratos con el Estado Islámico y otros temas que aún guardan el secreto diplomático.

En otro nivel, los lazos papales con Cuba han facilitado la reinserción del régimen socialista en la vecindad de Occidente, plasmada recientemente en la publicitada visita de Estado cumplida por Raúl Castro a París, donde fue recibido por el presidente francés, François Hollande, sobre alfombra roja reservada para los grandes invitados. Indudablemente Jorge Bergoglio se ha convertido en el eximio mediador en los conflictos interestatales contemporáneos, ganándose el respeto de la humanidad entera. En ese marco se inscribe la simpatía demostrada por el Pontífice acerca de la demanda boliviana por recuperar un acceso propio y soberano al océano Pacífico. Corresponderá a la Cancillería del país mantener vivo ese sentimiento y evitar que otras exigencias enfríen una predisposición tan valiosa.

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