Columnistas

‘Habemus Papam’

En el pasado, contar con un nuevo papa implicaba celebrar  la entronización de un jefe de Estado

La Razón / Pablo Rossell Arce

02:03 / 21 de marzo de 2013

Annuntio vobis gaudium magnum: habemus Papam”, anuncian al mundo cuando se elige un nuevo papa. La traducción, palabras más, palabras menos, dice “les anuncio la gran alegría: tenemos papa”. Para un observador asiático o africano, y que de paso sea agnóstico, tal motivo de alegría puede parecer, por decir lo menos, extraño. La población católica en el mundo está alrededor del 27% del total global. Los países con población predominantemente católica se concentran en América y Europa. Estirando números, los católicos en el mundo suben a una proporción del 33% del total. Nada desdeñable. Estamos hablando de una población de alrededor de dos mil millones de personas, pero hay como cinco mil millones que definitivamente no son católicos.

El gran Benedict Anderson diría que se trata de una enorme comunidad imaginada: es una comunidad porque comparte una serie de códigos (en este caso, religiosos y, por lo tanto, culturales); comunes: los ritos de la eucaristía, los sacramentos, las prohibiciones, y otros. Y es imaginada porque es imposible que cualquier católico o católica logre, en el lapso de una vida, conocer a la totalidad de católicos mundiales. Pero una católica estadounidense se reconoce como perteneciente a una misma iglesia que un católico búlgaro, aunque nunca lleguen a verse. No necesitan encontrarse para ponerse de acuerdo en algo que define parte de su identidad, es suficiente con que crean.

No fue siempre así. En realidad, durante casi mil años, el Papa fue prácticamente un jefe de Estado con los Estados pontificios bajo su jurisdicción. A partir de la constitución de la iglesia, los fieles pudientes y los emperadores cristianos donaron a la Iglesia Católica (al Papa) cuantiosos bienes territoriales (terrenos, pues; no hay mejor palabra) y propiedades inmuebles. Hablamos del patrimonio de San Pedro, localizado principalmente (pero no exclusivamente) en el centro de la península italiana. Los Estados pontificios eran el conjunto de territorios gobernados por el Papa.

Además de territorio, control estatal o semiestatal sobre la población (gracias a la Pragmática Sanción de 554, mediante la cual el emperador Justiniano I otorga a la iglesia el control de las ciudades y del Poder Judicial en ciertos territorios), los papas también comandaban ejércitos y defendían (y expandían, en ciertos casos) sus fronteras nacionales tal cual lo hace cualquier jefe de Estado que se respete... en aquella época.

Con el tiempo y las revoluciones que finalmente llevaron a Italia a unificarse (a mediados del siglo XIX), llegó el fin de los Estados pontificios y el papado perdió poder, territorios y riquezas. Para recuperar algo de poder y territorio, la iglesia llegó a varios acuerdos con Mussolini en 1929 (sí, el mismo Benito Mussolini aliado de Hitler). En tales acuerdos, conocidos como los Pactos de Letrán, Italia y el Vaticano se reconocen recíprocamente como Estados soberanos y el Vaticano consolida 44 hectáreas de territorio propio.

En nuestro siglo XXI, al papa le quedan aquellas hectáreas de territorio soberano, reconocido por el fascismo, las generosas donaciones que todavía recibe y algo del antiguo patrimonio de San Pedro, cuyo capital más importante (creo yo) es la propiedad del Banco del Vaticano, que se maneja como cualquier otro banco privado transnacional moderno.

La alegría de contar con un nuevo papa, por lo tanto, tiene un origen menos imaginario que el de hoy en día: se trataba de celebrar la entronización de un jefe de Estado, algo así como las verbenas populares bolivianas de posesión del presidente.

Etiquetas

Ediciones anteriores

Lun Mar Mie Jue Vie Sab Dom
1 2 3 4
5 6 7 8 9 10 11
12 13 14 15 16 17 18
19 20 21 22 23 24 25
26 27 28 29 30 31

Suplementos

Colinas de Santa Rita, Alto Auquisamaña (Zona Sur) - La Paz, Bolivia