Columnistas

Hablar claro

Más importante y efectiva es la educación cívica y la formación moral, desde el seno familiar

La Razón / José Gramunt de Moragas

01:08 / 14 de marzo de 2012

El cardenal Julio Terrazas suele ser muy claro en sus homilías dominicales. Tan claro como el mensaje de Jesús que no admite componendas oportunistas ni bonitas palabras para embaucar a la gente. El pasado domingo, el cardenal fue clarísimo en señalar cuál es la doctrina de la Iglesia en el debate sobre la legalización de la pena de muerte, o pena capital para los más finolis en el lenguaje judicial. Desde que la inseguridad ciudadana ha ido creciendo, se han dicho y escrito muchas miles de palabras. Convengamos en que es necesario abordar el problema con toda su complejidad.

Siguiendo su misión evangélica, el cardenal exhortaba a “dejar de pensar en la pena de muerte como una forma de castigar a los delincuentes reincidentes y criminales, puesto que, de aceptarse esta pena, se estaría violando el mandamiento de Dios ‘No matarás’”. Menos aceptable es “la muerte que toman algunos por sus propias manos”.

Quienes se atribuyen la potestad de “hacer justicia” contra verdaderos o presuntos delincuentes de ninguna manera deben quedar impunes. A este punto uno se pregunta, ¿es que la justicia comunitaria los avala? O, peor aún: ¿la demagogia política y la politización de la justicia han llegado al extremo inadmisible de liberar del castigo merecido a los justicieros por cuenta propia, con tal de aparentar que aquí no pasa nada y así camuflar el proceso de ingobernabilidad que estamos soportando? ¿Éste es el motivo por el cual se toleran manifestaciones multitudinarias pidiendo la pena de muerte, pero que perturban seriamente el orden ciudadano?

De ninguna manera es aceptable que los profesionales agitadores de la venganza y el odio aprovechen la oportunidad para mantener al pueblo movilizado. Hoy será por la inseguridad ciudadana, mañana por el acullico, pasado mañana por cualquier otro motivo de insatisfacción de uno u otro movimiento social descontrolado. Lo importante es mantener al pueblo movilizado.

Pues ahora resulta que la pena de muerte es una buena carnaza para movilizar a la gente indignada. A pesar de que, de acuerdo con los más prestigiosos juristas, la amenaza de la pena capital no es suficiente para frenar sus compulsiones homicidas. Sea por traumas patológicos, por impulsos pasionales, por sentimientos de venganza, por odios familiares, políticos o fanatismos religiosos o por lo que se conoce como “ajustes de cuentas”, tan frecuentes en el creciente negocio del narcotráfico. En el fondo de un tema tan intrincado siempre llegaremos a la conclusión de que la delincuencia creciente no se evita sólo con la amenaza de la pena.

Más importante y efectiva —aunque más compleja— es la educación cívica y la formación moral, desde el seno familiar.

Lo cual no quiere decir que la legislación penal sea una suerte de reformatorio de menores. Debe ser una sanción, hasta cierto punto, proporcionada a la gravedad del delito cometido. Esta proporción es imposible de materializar cuando se trata del asesinato de una o más personas. Pero lo que se pretende, al menos, es que el castigo sea ejemplificador. Para esto se crearon las cárceles y otros sistemas de castigo. Pero no al extremo de la tortura, el cadalso, ni la horca, ni el garrote vil, ni la guillotina, ni la silla eléctrica, ni el paredón, ni otras maquinarias de la muerte.

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