Columnistas

Hace nueve años

Han pasado 9 años, pero algo falta para que estos niños que corretean por la plaza no vivan en zozobra

La Razón / Édgar Arandia

00:00 / 21 de octubre de 2012

Hace algunos días tenía que asistir a la misa en devoción a San Lucas, santo de los artistas plásticos; pretexto que nos sirve (como a cualquier grupo  gremialista) para acercarnos entre nosotros alrededor de un santo o de una virgen particular, sin importar edad, estilo, ideología o —aunque parezca incongruente— religión.

Llegué tarde y me puse a pasear por la ahora llamada Plaza Mayor, remozada y rebosante de vida, con jóvenes admirando las esculturas elaboradas en los troncos de los árboles muertos de la ciudad, y grupos de bailarines y vendedores de ungüentos rejuvenecedores. Mirar los  resquicios del frontis de la basílica de San Francisco, encontrarse con seres extraños tallados en la piedra, me hizo rememorar lo que pasó en estos espacios hace nueve años. Había perdido mi kamasa (lugar del alma donde mora el coraje y la dignidad) el 2 de noviembre de 1979, cuando fui herido en la masacre de Todos los Santos, y a fin de recuperarla tuve que salir a las calles para juntarme con la multitud. Habíamos marchado tanto que los botapiés de  mi pantalón estaban deshilachados. Escribí estas cosas entre el 11 y el 13 de octubre hace nueve años, en papelitos que encontraba en la Pérez, en San Francisco  o en la autopista:

He buscado mi valor en un cajón y lo he sacado. /Estoy  con mi pueblo y el miedo ya se ha ido lejos. /Estamos esperando que el asesino deje su silla y se vaya./Hemos prendido velas y estamos esperando./ Nuestros muertos piden justicia / y sus almas deambulan por la ciudad./El carnicero tiene ojeras,/se lo vio en la televisión/ sus manos tiemblan/su mujer reza y engulle saliva./Estamos esperando en las plazas y las calles./ Los soldados allanan las casas/ y golpean a mujeres y niños buscando dirigentes/ pero seguimos esperando./Algunos fuman callados, y otros conversan en voz baja./No tenemos armas, sólo paciencia./Los soldados hacen volar las antenas de radio y televisión./Quieren acallar la voz de la gente que les taladra los oídos. /Aún así, seguimos esperando./Nuestras mujeres  nos acompañan, nuestros hijos no pueden dormir. Los tanques nos están cercando./ Un compañero trae un arma./Ya no esperaremos más.

Pedro, Luis y Juan construyen las barricadas. Ana, Juana y Martha reparten agua a sus hombres. Los encapuchados fabrican fuego en botellas con gasolina. Alguien se desprende de la muchedumbre con el cabello reluciente y los dientes blanquísimos.—Escúchenme, grita: “Yo soy el jefe de este grupo”. —Aquí somos jefes todos, le responden en coro, y una gran sonrisa sin dientes se expande hasta el cielo. Nos duelen todavía los talones. Somos dueños de la ciudad y hemos recorrido sus calles y avenidas de punta a punta. Sobre su piel hemos levantado barricadas con piedras, palos y todo lo que encontrábamos a nuestro paso. Pero cuando el Presidente asesino se fue, la alegría colmó nuestras almas y bailamos y bebimos hasta el amanecer sobre tu piel hermosa, Chuikiwayu Marka.

Luego de la fuga de Sánchez de Lozada, la calma volvió y el 28 de octubre cayó una granizada y escribí esto: La ciudad fue azotada por el granizo, como si se estuviera lavando con furor inaudito la sangre derramada. Pulir su piel para empezar otra historia. Los pasos y las huellas semejan sus arterias por las que discurre el agua clara.

Ahora contemplo esta plaza donde bulle la vida, ya no están los pedrones ni los restos de fogatas y palos; la gente está arremolinada para escuchar noticias, con los ojos y los nervios de punta están contabilizando los muertos. Todo eso ahora es sólo una pesadilla, y mi visión vuelve al presente: han pasado nueve años, pero algo falta, algo no encaja para que estos niños que corretean por la plaza no vivan en zozobra, y eso que está ausente se llama Justicia.

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