Columnistas

Hacer lo que amas

Dicen los que saben que solo puedes ser excelente en tu trabajo si te dedicas a hacer lo que amas

La Razón (Edición Impresa) / Verónica Córdova

00:11 / 04 de diciembre de 2016

En esta época de graduaciones la pregunta más frecuente que escuchan los jóvenes es ¿qué vas a estudiar ahora?, como si no se hubieran pasado los últimos 12 años estudiando. La pena es que, en esa guardería extendida llamada escuela, los jóvenes no se dedican a descubrir y entrenar sus talentos individuales para que, luego de 12 años, no solo sepan exactamente qué les gusta, sino que además ya sean buenos haciéndolo.

Pues dicen los gurús que solo puedes ser feliz si haces lo que amas. Y dicen los que saben que solo puedes ser excelente en tu trabajo si te dedicas a hacer lo que amas. Pero para hacer lo que amas, debes primero dominar su técnica, su teoría y su filosofía. En otras palabras, para hacer lo que amas, es ineludible estudiar una carrera, aprender un oficio, conseguir un trabajo o abrir una empresa.

Pero ¿qué pasa si lo que amas hacer no te llena la olla? ¿Si no puedes estudiar lo que realmente te gusta, porque es muy caro o no existe en Bolivia o no te lo permiten por miedo a que después con ese oficio te mueras de hambre?

Recuerdo a un amigo que quería matricularse en la carrera de Filosofía, pero su padre se lo impidió diciendo: —¿Qué vas a hacer cuando te gradúes? ¿Colgar en la puerta un cartel que diga “se hacen abstracciones”?

Mi amigo terminó matriculándose en Comunicación, para luego abandonar la carrera y dedicarse al comercio. Como diría Facundo Cabral, cambió el sueño de su vida por el pan de cada día. Hoy se gana la vida sin muchos sobresaltos, ayudando además a su padre que se jubiló de contador con una pensión de hambre.

¿Cuántos filósofos, matemáticos, violinistas, novelistas, bailarines, astrofísicos o compositores perdemos cada año por esa lógica terrible?

“Los sueños no se comen ni con mantequilla. El joven sin cartón está perdido”, decía mi tía abuela. Lo decía en los lejanos años 80, y el cartón al que se refería era el diploma universitario.

Cuántos jóvenes —y no tan jóvenes— sin cartón están hoy perdidos. Y cuántos jóvenes con cartón están perdidos también, además de frustrados. Muchos renunciaron a hacer lo que amaban para estudiar una carrera “con más futuro”, y aun así no les sirve de nada. Otros se la jugaron a pesar de todo y estudiaron lo que les gustaba con la esperanza de hacer toda su vida lo que aman. Y han descubierto, después de tanto esfuerzo, que seguir la vocación no garantiza encontrar el trabajo deseado. O que el trabajo deseado no da para pagar el chairo.

La pena es que nos han vendido un sueño inalcanzable. Estudies o no, te rajes o no, al final lo que se quiere de ti es que seas un peldaño, un eslabón, en el mejor de los casos, un puente. Sobre tu fuerza física, tu talento, tu creatividad o tus conocimientos se edifican una mole que te terminará aplastando. Por eso debe ser que nuestras universidades son tan mediocres: porque los changos se han dado cuenta que la ley del menor esfuerzo es la única ley que en Bolivia se cumple; que esforzarse para destacar en tus estudios, graduarse con honores, investigar a fondo, alcanzar el doctorado no importa a la hora de definir los escalafones. El docente con doctorado recibe el mismo sueldo que el docente principiante. El trabajador destacado recibe el mismo incremento salarial que el experto en excusas. El intelectual más preparado no tiene ninguna ventaja sobre el charlatán con suerte. El artista que más ensaya es tan pobre y humillado como el más mediocre.

Algunos se consuelan diciendo que por lo menos se levantan cada día para hacer un trabajo que aman. Pero como sociedad deberíamos entender que la frustración es la cuna de la mediocridad y la desidia. Y la verdad es que los bolivianos nos destacamos en tan pocas áreas porque son muy pocos los que logran vivir de lo que aman.

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