Columnistas

Halloween y t’antawawas

Entender el festejo de Halloween puede ser parte de nuestro diálogo intercultural, interreligioso e intertemporal.

La Razón (Edición Impresa) / Xavier Albó

00:00 / 05 de noviembre de 2017

La palabra Halloween es una contracción de la expresión inglesa All Hallow’s eve (Víspera de Todos los Santos). Por tanto, esta celebración macabra y humorística anglosajona está asociada a la fiesta católica del 1 de noviembre: Todos los Santos.

Pero esta es solo la parte actual de una larga historia. Sus raíces son milenarias y de procedencia tanto romana como celta. Los romanos ya tenían la fiesta llamada Feralia para el descanso y la paz de los muertos, en la que hacían sacrificios y elevaban diversas plegarias a sus dioses; así como la fiesta Pomona, de las cosechas y los frutos, simbolizadas en una manzana. Uno de los juegos tradicionales del Halloween es morder la manzana, como en el paraíso.

A su vez, los pueblos celtas de Irlanda, Gales, Escocia y del norte de Francia ya celebraban el festival de Samhain entre finales de octubre y principios de noviembre, para marcar el final de las cosechas y el comienzo del invierno. Los druidas o chamanes célticos creían que en una determinada noche, la del 31 de octubre, las brujas gozaban de mayor vitalidad. Incluso al druida se le concedía el don de adivinar el futuro. Los límites entre el mundo de los vivos y el mundo de los muertos desaparecía, e incluso los muertos regresaban llevándose algunos vivos a su mundo. A mí me ha tocado alguna vez pasar esa noche en Estados Unidos y es notable la ilusión y alegría con que los niños esperan el Halloween.

Entenderlo, por tanto, puede ser parte de nuestro diálogo intercultural, interreligioso e incluso intertemporal.  Pero no parece muy distinto de nuestras creencias, en este caso, en el mundo andino. Guaman Poma (1616) dedica varios dibujos al culto de los muertos, incluyendo el mes de octubre, en uno de sus dos calendarios y el de noviembre, en el otro, dedicados a los muertos. Hay ante todo una coincidencia en la relación entre esa fiesta y el calendario agrícola, aunque invertida, por estar nosotros en el hemisferio sur. Lo que allí es el paso al invierno aquí implica la transición hacia la época más húmeda y cálida del año.

En lo ritual, aquí tenemos nuestros propios signos culturales y religiosos. Yo me animaría a decir que las fiestas del 1-2 de noviembre son, junto con el Carnaval, las que más movilizan a la gente andina, incluso más que la Navidad, sobre todo en sectores rurales y populares.

Hay migrantes que retornan precisamente en esas fiestas, incluso desde el exterior, para estar siquiera unas horas junto a sus allegados ya muertos, más que todo en los tres primeros años desde su muerte. Lo que casi desaparece es la otra fiesta católica de Todos Santos. Del mediodía del 1 noviembre al mediodía del día siguiente toda la atención va a ese retorno anual de las “almas”, nombre que en este contexto se da a los difuntos, incluso en quechua y en aymara. No olvido una vez que en ese día estuve en la casa del dirigente aymara Genaro Flores y me impresionó la devoción y silencio con que a las 12 del 1 de noviembre mascaba la pipoca para sus almas.

 Los cementerios se convierten en vergeles llenos de flores y t’antawawas (niños de pan); los niños les van cantando para ganarse algunas t’antawawas y t’antacaballus para comer jugando y rezando; más montones de otros dulcecitos y pipocas. En Cochabamba este año se ha hecho una t’antawawa de siete metros, expuesta en la plaza 14 de Septiembre, con la esperanza de ganar el récord Guinness. Dejo más particularidades para otra columna.

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