Columnistas

Hermosa rutina

Los gobiernos que no administran el Estado se disuelven en gestos vacíos y arrogantes

La Razón / Carmen Beatriz Ruiz

01:17 / 08 de febrero de 2012

Las plantas que no se riegan languidecen, quienes no se alimentan mueren, los malos servicios dejan de usarse y los gobiernos que no administran el Estado se disuelven en gestos vacíos y arrogantes.

La rutina, esa cinta sin fin de cada día, suele ser mal mirada, asociada al tedio y al  aburrimiento, pero ofrece, sin embargo, seguridad contra los imprevistos y, lo más importante, asegura que las maquinarias institucionales funcionen sostenidamente. La palabra viene del francés routine, que a su vez proviene de route (ruta), o sea camino, procedimiento. El diccionario la define como “una costumbre inveterada o hábito adquirido para hacer las cosas por práctica, repetidamente y sin pensarlas”.

Se habla despectivamente de la administración de la gestión pública como la parte rutinaria o la dimensión doméstica de la política y del ejercicio de poder. Sin embargo, el poder no se expresa sólo en los grandes gestos, como nacionalizaciones, expropiaciones, promulgación y violación de leyes, gasolinazos y bonos. Estos, en contraposición a la rutina del Gobierno, se destacan con desmesura como la columna vertebral del ejercicio de poder. Lo hacen las y los gobernantes y los secundamos a coro en los medios de comunicación, para quienes el trabajo de cada día no es “sexy”, no tiene muertos ni heridos; por lo tanto, no tiene prensa. Contradictoriamente, las peores peleas políticas se dan “casa adentro” y aquéllos que desprecian la rutina de la administración se matan (literalmente) por puestos para sí, para colocar gente u obtener prebendas.

La gestión del Estado se parece al trabajo doméstico porque es invisible en su persistencia diaria y se echa en falta cuando deja de hacerse. El poder no debería ser ejercido sólo con la adrenalina del cortejo de campaña, ofreciendo refundaciones y mil promesas que nadie piensa cumplir. Los procesos de las revoluciones, aunque sea una trucha como nuestro “proceso de cambio”, necesitan que, de inmediato, se ponga en funcionamiento una maquinaria cuya principal función sea producir la rutina de administración de sus transformaciones. De lo contrario, todo se queda en el discurso y en la parafernalia ritual, y se diluye agonizando lentamente entre ropajes de deslucida palabrería.

La intención de las transformaciones buscadas y prometidas debería hacer que el impulso del cambio cobre vida real, concreta y cotidiana, para asimilarlo, para volverlo tangible, y que se haga costumbre y vida diaria de la gente. Algo que sólo se puede hacer a través de una rutina administrativa. De eso se trata gobernar y eso es ejercicio de ciudadanía: relaciones entre el Estado y la población; eslabones pedestres y cotidianos y, por eso mismo, sólidos.

Finalmente, ¿qué es la gestión pública, sino la más concreta expresión de la relación entre ciudadanía y Estado, delimitada en garantías, derechos y obligaciones? ¿Acaso no es para concretar esa relación, provocada por las innumerables promesas de campaña, que el soberano delega su poder a través del voto? Lamentablemente, para la ciudadanía boliviana, los políticos que la cortejan no aprecian el trabajo tenaz de la rutina, sólo quieren el efímero arrebato del rapto o la violación.

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