Columnistas

Hibridismo en la arquitectura

En la historia se podría decir que lo híbrido no solo fue aplicado en el arte, sino también en la arquitectura.

La Razón (Edición Impresa) / Patricia Vargas

00:25 / 31 de agosto de 2017

El hibridismo, fuera de cualquier interpretación de carácter natural, no deja de ser una luminosidad gracias a la unión y nueva concepción dual de dos grandes culturas o pensamientos. Por tanto, no significa, a nuestro entender, que la fuerza de alguna identidad sea supeditada a otra en ciertos aspectos o desplazada en su esencia, o que sea más débil porque acepta la imprimación de otra cultura sobre sus hábitos y creencias. Todo lo contrario, es evidente que muchas culturas se fueron fusionando, pero nunca olvidaron sus propias raíces, hasta el punto en que hoy mantienen sus creencias, hábitos e incluso supersticiones.

En la historia se podría decir que lo híbrido no solo fue aplicado en el arte, sino también en la arquitectura, la cual, sin embargo, tiene la particularidad de conservar la fuerza de su invención y sus importantes aportes. En esa línea, es preciso recordar ejemplos cercanos como es el caso de la religión católica y las famosas entradas folklóricas, las cuales poseen un origen colonial. Según estudios, el baile aparece a partir de su incorporación en el paseo solemne de las procesiones. Asimismo, algunos historiadores afirman que el canto y la música nativa se entrecruzaron en sonidos, y que éstos hoy son poco perceptibles al “degustar” nuestra música. Otro ejemplo es el de la Basílica de San Francisco, cuyo estilo barroco mestizo incorporó ornamentos adicionales a las columnas y otras partes.

Independientemente de ello, es evidente que en las sociedades contemporáneas asistimos a un proceso de hibridación acelerado por las tecnologías comunicacionales, las cuales juegan un papel definitivo en dicha reconfiguración, pues logran transformar la información en un híbrido, hasta preocupante, lo que lleva a preguntarse, ¿es que acaso la cultura no es una amalgama híbrida?

En cuanto a la arquitectura, en el último tiempo se han visto obras en El Alto que han sido comentadas internacionalmente, tal es el caso de Freddy Mamani Silvestre, quien motiva el interés sobre el fundamento que respalda su hibridez formal. Así, su impacto parte del juego desmedido de formas y sentidos entremezclados sobre el elemento más representativo de la época moderna, el edificio. Por lo que sus construcciones se convierten en el elemento útil para la creación de llenos o vacíos, volúmenes incrustados o sobrepuestos muchas veces en exceso, como si se quisiera llevar al espectador a objetivar representaciones fabuladas.

Y si bien sus interiores a primera vista se asemejan a ejemplos ya existentes (Asia), lo particular es el juego que logra en ellos por el delineamiento de colores que denotan movimiento. Un hecho que nos recuerda, de alguna manera, a los griegos, quienes establecían una analogía directa entre el cuerpo y los edificios, lo que creaba movimiento. Sin embargo, el lenguaje externo —y hasta provocativo— se pierde totalmente en el interior, pues lo híbrido se amplía con la incorporación de la decoración y las gigantes lámparas que rememoran el siglo XVIII.

Si hablamos de arquitectura, lo híbrido no es nuevo, pero lo bello de ese arte es que es capaz de traspasar fronteras con formas geométricas bien logradas o contradictorias formalmente, las cuales, pese a ello, logran destacar conceptualmente por la fuerza que arrastra toda creación singularizada. Y es que solamente así se convertirá en una edificación “sígnica”.

Parece evidente que Mamani Silvestre rompió con toda copia formal tiwanakota y se lanzó valiente o inocentemente a realizar obras que lo han llevado a bailar en la rueda de la fama, y por tanto, también de la crítica.

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