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Hienas

La Razón (Edición Impresa) / Con la punta de la aguja - Julieta Paredes Carvajal

00:00 / 11 de junio de 2017

Una de las cosas que aprendemos en la vida es a escuchar. Esta práctica auditiva nos conduce a un espacio común, aquel de sentirnos parte de la humanidad, reconociéndonos en el sentimiento que transmiten las palabras que enlazan historias, donde nosotras, mortales, somos protagonistas, ya sea como heroínas o como villanas. Así, escuchando, dejamos migrar las experiencias y nos sentimos parte de la humanidad, de ese pedazo de vida dentro de un inmenso universo; y que a pesar de ser tan pequeñitas, somos parte de una comunidad que construye, cree, levanta sueños y los realiza.

Las historias que he estado escuchando cuentan las vidas de mujeres y hombres, gente sencilla y cotidiana, algunas con actividades públicas. Todas estas personas dan cuenta y cuentan —a veces con llanto, a veces con ironía— que en algún momento de sus vidas se fallaron a sí mismas, por no haber tenido cuidado, por no haberse protegido, por haber confiado las espaldas y los costados a personas que no lo merecían. Por esos errores tuvieron que volver a empezar el camino recorrido, con muchas heridas grabadas en el cuerpo y en el alma; difícil, muy difícil camino.

Pero a pesar del dolor que significa la traición, cualquiera que ésta sea, existe su contrapunto, pues esa fuerza, ese qhamasa, ese ajayu inspirador siempre nos sopla al oído, a quienes queremos cambiar el mundo, canciones para acunar las utopías de la humanidad. Y claro, nos levantamos de nuevo y empezamos a bailar al ritmo de las esperanzas.

Hay traiciones y traiciones, no es que unas sean más importantes que otras, todo depende de cada una de las relatoras de las historias de traición. A mí, por cierto, me duele mucho más la traición política; de los desamores una se recupera con un hermoso y nuevo amor. Pero la traición política es gravemente jodida, pues es una traición multiplicada, no solo es a una persona, es traición contra las luchas, contra los pueblos que creen en lo que hacemos y decimos. Una traición política al pueblo  duele durante generaciones. En Bolivia tardamos en volver a construir revoluciones en un promedio de 50 años, o sea cada cinco generaciones; por eso hay que cuidar este proceso de cambios revolucionarios.

Compartimos una historia del mundo sobre los animales. Me contaron que a los elefantes, como a los dragones, las hienas, en jauría envidiosa y competitiva, lo primero que hacen para matarlos es aislarlos de su manada, de su protección, de su comunidad de vida. Luego, los persiguen mordiéndoles intermitentemente los pies, pequeñas múltiples heridas de donde se van desangrando y debilitando. En el terror de la soledad, la carrera y el abandono, todos juntos hacen que el elefante pierda su fortaleza y el dragón pierda sus alas. Ambos, solos y desangrándose, pierden el vuelo de sus sueños y el calor de sus pueblos, caen a merced de las hienas, animales carroñeros, parásitos que en jauría traidora muerden y muerden. ¡No queremos ni traidoras ni traidores, vivan las elefantas y las dragonas!

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