Columnistas

Hilda Mundy soy yo

Hoy he visto a Hilda Mundy, manos maravillosas y mirada fija en sus abalarios, por las calles de La Paz.

La Razón (Edición Impresa) / Ricardo Bajo Herreras

00:17 / 31 de agosto de 2016

Despejo la incógnita. Soy una Rusia pobre y anarquista limitada por una boina vasca y unos zapatos”. Es Hilda Mundy la que nos habla. La que calló durante años, la que fue olvidada, la que hoy —derrotados todos sus enemigos— vuelve a susurrarnos mentiras a grito limpio. Hilda o Laury o su legión de nombres, la que estuvo contra la guerra, la de ayer y la de mañana, la de ahora, todas absurdas. La que vio volver a los destornillados, a los tullidos, a los dementes, a los cojos y mancos del Chaco; la que vio pasar a los soldados indígenas perdidos por las calles sin un lugar en el mundo; la que soñó con obreros bolivianos y paraguayos unidos en un sindicato y no emboscados en una trinchera de odio.

“Soy mentirosa, adoro la mentira, la bella mentira, mi salvación, mi única amiga aún en las circunstancias más vidriosas. Mis mentiras me cubren a manera de unas escamas doradas que todavía con cuidado hay que apartarlas para encontrar la sorpresa del último: la verdad. Son mentirosas las personas que no saben mentir. La verdad está llamada a desaparecer con el tiempo”. Es Hilda Mundy la que nos miente, la del delirio reflexivo. La mujer astuta e indócil que de verdad nos engaña con su pluma ágil, su verbo demoledor y combativo, con su áspera y filosa ironía. Mintió para sobrevivir, para armarse con una coraza férrea y mostrar felicidad; mintió para arremeter contra el patriarca liberal, contra el lugar común de la mujer, contra el patriotismo gallináceo de “cocorokó”, contra la falta de humor que es predestinada huella de idiotez.

Soy el silencio. ¿Por qué dejé de escribir? Las abuelas se callan por los novios que nunca volvieron, por los novios que volvieron a tomar y a desconfiar, a golpear. “Soy la predicadora sin eco”. Soy la que todavía hoy visita las abandonadas hemerotecas y lee periódicos desbarajados, la que lleva consigo su libreta de apuntes inteligente, la que montó una cooperativa revolucionaria de risas a prueba de balas (semanario Dum Dum). La que comenzó de busca-noticias y terminó de cronista “humildemente gris”, ácida crítica de teatro y cine y columnista diaria de humor, lo más estupendo de la vida. Esa pajarita de papel periódico con noticias de sangre es Hilda Mundy, más viva que nunca gracias a la publicación de Bambolla, Bambolla (cartas, fotografías, escritos), edición de Rodo Ortiz, uno de los “mariposones mundiales”.

Soy el alma titánica de nuestra raza tigre. Me imagino la génesis singular del mundo como un match de fútbol, sport original. “En un juego movido de cabriolas, con un directo shootazo, colocaría al sol, balón de luz, al goal del cielo, haría rodar veloz por el espacio la luna, pelota ocre de cuero fino, y así, estrellas, seres, cosas, astros en la infracción del outside agitaríanse en la cancha del universo”. Es la que se salva. Hilda Mundy, hija de Emilio Villanueva, el arquitecto del Hernando Siles, quien unos años después de la inauguración del estadio paceño casi se ahoga en su piscina. Ella salvó a un niño de la escuela México que no sabía nadar y ahora la “valiente natatriz” también nos salva a nosotros.Soy el peso de las palabras. Me gusta una que pesa: retambufa. Era el “patriota” que por pendejez se escapaba de ir al frente en el Chaco mientras otros daban nombres a cañadas victoriosas y pírricas. Palabras que aplastan, como empingorotado, encopetado. Y otras livianitas y mágicas: sandungeo, abracadabrante.

Soy la pena velada, la incomprendida, la que no muestro el corazón de mis secretos a nadie. Es Hilda Mundy, chiquilla revoltosa por siempre, la que nos pide desde su máquina Royal: —por favor, no me olvide, nunca me olvide. Las mismas pesadas palabras que le dijo un joven amigo que partió hacia Villamontes. Tal vez, la carta de un muerto lleva consigo su propio silencio.

Es la que separa el mundo en dos: la clase alta, fachosa que resbala en automóvil; y la clase humilde que camina a pie. Hoy he visto a Hilda Mundy, manos maravillosas y mirada fija en sus abalarios, por las calles de La Paz, paseando otra vez. Andaba caliente, transparente, y se reía de la gente.

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