Columnistas

Himno a la madre

Ser mamá no es, no puede ser, no debe ser un sacrificio. Es una responsabilidad y una elección

La Razón (Edición Impresa) / Verónica Córdova

00:02 / 24 de mayo de 2015

En la cultura latinoamericana, la figura de la madre tiene ribetes contradictorios. Por un lado, la imagen idealizada de la madre está concebida en relación directa con todas las “mamitas” de la religión católica: madres de Dios, vírgenes de Copacabana, Urkupiña, Candelaria o Cotoca. Mujeres dolorosas, querendonas, abnegadas, sacrificadas y trabajadoras. Mujeres que parecen estar por siempre pagando el pecado de haber dejado de ser vírgenes para convertirse en madres. En ese sentido, todas las madres son putas, menos la madre de Jesús, pues ella es la única mujer que ha sido madre sin caer en el pecado del sexo.

En la construcción patriarcal perpetuada por el catolicismo, el bolero, el huayño, la telenovela y las láminas “educativas”, la mujer está siempre enmarcada por la dicotomía amor y pecado.

Pues, cuando ama, ella peca, deja de ser virgen, se convierte en madre; entonces debe sufrir, sacrificarse y abnegarse para recuperar su naturaleza virginal en el modelo de la “mamita” de su elección y preferencia. Solo una vez recorrido ese camino deja de ser potencialmente puta, y por tanto, peligrosa. Y, una vez recorrido ese camino, “la madre de mis hijos” deja de ser sexualmente atractiva para su pareja, quien irá entonces a buscar a la puta perdida en otras mujeres fuera de la casa. Es por este marco de referencia, engarzado profundamente en la psicología masculina (y femenina), que se hace tan difícil para muchos hombres aceptar las píldoras anticonceptivas: ellas implican la posibilidad de que su esposa practique el sexo sin la maternidad como objetivo y consecuencia, de que peque sin la penitencia correspondiente, de que deje de ser madre para volver a ser la puta que era antes de casarse (aunque haya sido una santa hasta entonces).

Por eso, la maternidad entendida como sacrificio no es un valor: es un castigo. Una penitencia que dura la vida entera y que, para colmo, exculpa totalmente al hombre y lo libera de sus necesarias responsabilidades. La virgen María, dolorosa, cargando en brazos al niño Jesús, es una estratagema para hacernos olvidar que hay un José en alguna parte. La madre virgen, que concibe sin intervención de un varón, es una coartada para quitarle al hombre el privilegio de ser padre.

La idea de sacrificio ligada tan profundamente a la imagen de la madre es, además, una trampa que mantiene a las mujeres en desventaja y en subordinación, en doble labor y en culpa. Lo dice Fino claramente: en el Día de la Madre celebramos a la mujer que pudo ser arquitecta y eligió ser madre. Esta ideología está tan profundamente metida en nuestro ADN que las mujeres/madres cruceñas se ponen en pie de guerra porque alguien osa decir que no son tan sacrificadas como las occidentales. Como si sacrificar tus proyectos, tus sueños, tu tiempo y tu individualidad fuera un valor y un requisito indispensable para cumplir cabalmente el rol de madre.

Por favor: ser mamá no es, no puede ser, no debe ser un sacrificio. Es, en cambio, una responsabilidad y una elección; y eso mismo es ser papá, pues ningún óvulo se fecunda sin la presencia de un espermatozoide. Ser mamá no es un castigo, pero tampoco es un destino ni un paso obligado en la vida de nadie. No se concibe para pagar por el pecado de la carne; no se cría para que alguien nos cuide cuando seamos viejos; no se concibe porque ya ni modo, o porque no pudo evitarse. Si quieren regalarnos algo en el Día de la Madre, olvídense de las rosas y de los electrodomésticos: lo que necesitamos las mujeres en Bolivia es educación y legislación para que nadie sea madre sin desear serlo.

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