Columnistas

Entre Hipócrates y el cardán caldito

El grado de mercantilización de la medicina registrado en las últimas décadas no tiene freno

La Razón (Edición Impresa) / Édgar Arandia

22:00 / 27 de mayo de 2017

Los olores despiertan la memoria. Son una parte de la sensibilidad del cuerpo humano depositado en el paleo cerebro que nos defiende del olvido. Eso me sucedió hace unos días, cuando un destartalado automotor quedó unos momentos frente al Colegio Médico, en una calle céntrica de La Paz. Allí subió una señora de pelo colorado, cargando un bulto del que se desprendía la fragancia de pan recién salido del horno, y despertó mis recuerdos de infancia sobre un médico de nombre Wálter Pareja, comunista y amigo de mis abuelos.

Semicalvo y con anteojos de marco metálico, cargaba su maletín negro y atendía a los vecinos sin cobrar un peso. Lloviera o en horas inusuales, en pantuflas y pijamas atendía solícito a sus pacientes ocasionales. En reciprocidad, mi abuela le pagaba con picantes surtidos, masitas y fricasé el 1 de noviembre, y le invitaba a los cumpleaños a bailar cueca y comer te’ko.

En cada golpe militar, camiones grises venían y lo llevaban preso, en pantuflas y pijamas. Quiso la vida que lo reconociera en las cárceles del Departamento de Orden Político (DOP) durante la dictadura de Banzer. Después de la tunda de bienvenida, me arrojaron a una celda de dos por dos, con una pequeña abertura en la parte inferior de la puerta por dónde metían la comida. Mi joven cuerpo, magullado y adolorido encontró en sus palabras de consuelo un remedio doble: —Mascate coquita, lo mezclas con Mentisan y te frotas las partes adoloridas, luego lo atas con tu pañuelo limpio y no te rindas. Luego desapareció a rastras, como había logrado acercarse. Cuando salí días después a las celdas comunes, ya no estaba. Lo habían trasladado a otra prisión. En esa cárcel estaban varios médicos. Los doctores Melgar y Nagashiro, ambos del Beni. Recuerdo a un doctor Scott de Tarija, y seguramente muchos más que tuvieron que pagar con el encierro o la muerte por sus ideas. Nunca supe más del Dr. Pareja.

No pasó mucho tiempo y otro médico comunista se instaló al lado de la casa de mis abuelos, el Dr. Mario Villagra, recientemente fallecido meses atrás. Actuaba de similar manera que su colega, y sufrió la persecución política por las mismas razones, aunque ambos eran, paradójicamente, antagónicos, Pareja era del Partido Comunista de Bolivia (PCB) y Villagra, del Partido Comunista Marxista Leninista (PCML).

Al Dr. Villagra le encantaban los juegos de palabras, su mostacho mejicano le enmarcaba su permanente sonrisa. Jamás se excusaba por la hora o el lugar. Era oportuno y cariñoso, y siempre preguntaba por sus cientos de pacientes a los que había atendido sin cobrar un peso. Cuando se fue del barrio, quedamos inermes, hasta que apareció una enfermera recién graduada, y aunque no pudo ocupar el lugar que habían dejado ambos médicos, por lo menos por un módico precio atendía las urgencias y no tenía ninguna ideología política, como muchos excelentes profesionales que cumplen su juramento hipocrático.

El grado de mercantilización de la medicina registrado en las últimas décadas no tiene freno. Muchos profesionales se olvidan que fueron formados en universidades públicas para servir a la sociedad; no pagaron pensiones ni derecho a exámenes como en las universidades privadas, en las que, aunque parezca inusual, una de sus materias trasversales es la Deontología Médica, que privilegia el servicio y la ética antes que al dinero.

Un profesional de prestigio me comentó que así como en la Justicia hay redes de extorsión, de la misma manera sucede en la medicina pública y privada, donde el especialista, coludido con el laboratorista y el dueño de la clínica, inducen a las cirugías, muchas veces innecesarias. Entonces es fácil imaginarse lo que sucede en los seguros públicos, cuya responsabilidad por la salubridad está a cargo del Estado. ¿Cómo, entonces, vamos a mejorar el servicio de salubridad pública?

Ahora, en coordinación con los choferes del servicio público, buscan extrañas alianzas para castigar a los más vulnerables, y lo más enervante es que el oficialismo aplaude el paro de transporte público porque le afecta al Alcalde de la oposición; entretanto, la oposición festeja el paro médico porque erosiona aún más la credibilidad del Gobierno. En el fondo del mar, nosotros no importamos.   

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