Columnistas

Historia de la fealdad

Ya no podemos seguir soportando tanta fealdad construida sobre este maravilloso valle andino

La Razón (Edición Impresa) / Carlos Villagómez

00:02 / 27 de mayo de 2014

Con el título Historia de la fealdad Umberto Eco publicó en 2007 un libro sobre esta categoría estética en la historia del arte occidental. En el texto presenta un inventario de las expresiones más feas que pudo compilar desde el tiempo clásico hasta nuestros días, relacionándolas con la muerte, el diablo, lo monstruoso, lo deforme, la brujería y lo siniestro. Un tremendo catálogo de lo más cutre del arte universal, que culmina asumiendo “el triunfo de lo feo” con el arte kitsch y el concepto gringo del camp, que no es otra cosa que aceptar lo “feo popular” con conocimiento de causa, con el cinismo propio de la intelectualidad.

¿Pero, a razón de qué aparece en esta columna este erudito italiano? Todo viene a cuento por una reflexión que hice con un amigo artista sobre el destino estético de esta ciudad.

Ambos, en un arranque de honestidad plena, conveníamos en que ya no podemos seguir soportando tanta fealdad construida sobre este maravilloso valle andino, ni por muy artistas camp que seamos. Nuestra historia de la fealdad, al menos en lo que arquitectura se refiere, supera por goleada a lo estudiado por Eco. Revisando las imágenes del libro exclamamos, como su primer editor extranjero, “qué hermosa es la fealdad”, y viendo la ciudad concluimos que es de otra calaña, de otra estirpe, algo próximo a lo abominable.

Aquí se construyeron (y seguimos en un desmadrado frenesí) ejemplos paradigmáticos de una fealdad con mayúsculas, que podríamos llevar a la copa intercontinental de lo repelente con aires de seguros ganadores.

Es tal nuestra fealdad construida que ya no convencen las argucias como “sobre gustos y colores no han escrito los autores” o “todo depende del color del cristal con que se mira”. Eco, más académicamente, analiza estas paradojas de apreciación pero, al final del libro, recurre a una metáfora para pedir piedad. Por algo será.

Me atormenta no desglosar las razones de los desvaríos que tenemos los paceños y paceñas al construir esta ciudad. No bastan las razones camp ni tampoco los argumentos racistas que escucho a algunas muñequitas decimonónicas que deberían recordar que el precursor de este nefasto estilo, en el negocio inmobiliario, era un preclaro miembro de la burguesía paceña de los años 90.

Aventurando razones, pienso que aquí cultivamos un resentimiento colectivo a nosotros mismos y, lo peor de todo, a nuestro sitio. Nuestra baja autoestima puede superarse, pero la inquina contra nuestra naturaleza es casi infinita. Quizá ante tanta belleza natural esta sociedad, arisca como pocas, reacciona con malevolencia y perversidad para hacerse sentir, para gritar ¡aquí estoy! En suma, creo que construimos nuestra historia de la fealdad para existir.

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