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Historia presente

Las lecciones que nos legaron quienes inauguraron la edad contemporánea son parte de nuestro presente

La Razón (Edición Impresa) / Alejandro F. Mercado

00:20 / 13 de febrero de 2016

Corrían los primeros 20 días del mes floreal del año 22, de acuerdo con el calendario republicano francés. A las 10 de la mañana de aquel soleado día se había congregado una gran cantidad de gente para recibir a Luis XVIII, quien volvía después de largos años de exilio. En los caminos que conducían a París, cientos de personas saludaban con pañuelos blancos el paso del cortejo del rey repuesto. Entre la multitud que se apretujaba frente a las puertas del Palacio de las Tullerías se podía observar que muchos estaban ataviados con sendas pelucas, corsés y encajes, de aquellos que se utilizaban durante el ancien régime y que fueron prohibidos después de la revolución de 1789.

¿De dónde había salido toda esa gente? ¿No era acaso que todos los franceses exultaban de júbilo cuando 21 años antes se le cortaba la cabeza a Luis XVI, dando por concluida la dinastía de los borbones? Lo cierto es que muchos de ellos, 21 años antes, se reunieron en la galería pública de la Convención, presionando para que los ciudadanos diputados condenaran a muerte a Luis XVI, al que denominaban ciudadano Capeto. Así, el diputado Fouché, que un día antes había prometido defender la vida del rey, subió al estrado y dijo: muerte.

Ahora, al retorno del rey, habían desempolvado sus pelucas, sus chaquetas de nanquín, y se habían colocado un poco de talco en el rostro, probablemente para disimular el hecho de que no tenían sangre en la cara.

Muchos de ellos, que a la caída de la Bastilla habían votado sus calzones para unirse a la plebe que idolatraba a Maximilien Robespierre (al que lo denominaban la virtud del pueblo), estuvieron también en la plaza de la revolución saltando de júbilo cuando le cortaron la cabeza al tirano Robespierre. Algunos, aunque pensaría que fueron varios, que al retorno de la monarquía calificaban a Napoleón como el ogro de Córcega, dentro de pocos días lo llevarían en hombros como su emperador, y su amado rey Luis XVIII pasaría a convertirse en el rey papanatas. No tuvo que pasar mucho tiempo para que las leales fuerzas de su guardia imperial terminaran traicionándolo en la batalla de Waterloo y Napoleón quedara desterrado en la isla de Santa Elena para no volver a pisar jamás el suelo francés.           

Han transcurrido más de dos siglos desde la Revolución Francesa, los tiempos de la guillotina han acabado, el uso de pelucas ha pasado de moda y el panorama político de la República francesa ciertamente ya no es el mismo; sin embargo, las lecciones que nos legaron quienes inauguraron la edad contemporánea son todavía parte de nuestro presente.

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