Columnistas

Hitos y mitos urbanos

La idea de la ‘doble fundación’ es discutible. La Paz no fue fundada dos veces, mucho menos tres.

La Razón (Edición Impresa) / Ana Meléndez Crespo

00:19 / 11 de noviembre de 2016

En el imaginario urbano circula la idea de que la ciudad de La Paz fue fundada dos veces; la primera, en la aldea de Laja, el 20 de octubre de 1548, al suscribirse el acta de fundación; la segunda, tres días después, en la quebrada del Chuquiapu Marka, sitio indígena elegido por los españoles como asiento provisional, según explica Gogy, narrador y protagonista del suplemento ilustrado para niños del diario Cambio, en un fascículo conmemorativo del 468 aniversario de la capital política de Bolivia.

Si se trata de una exaltación de la efeméride paceña, la imagen épica sobre la trascendencia de aquel acto es aceptable; empero, si se pretende referir el hecho histórico —y no digo la verdad histórica porque ésta siempre es relativa—, la idea de la “doble fundación” es discutible. La Paz no fue fundada dos veces, mucho menos tres, si a alguien se le ocurriera considerar así la ubicación definitiva en 1549 de la ciudad, con la traza en damero y una plaza central (hoy Murillo), más el reparto de solares a los exconquistadores.

Al primer cabildo (acto protocolar en Laja) Alonso de Mendoza asistió fugazmente solo para presentar su título de gobernador y justicia mayor del pueblo nuevo del Collao y su corregimiento, aún sin nombre. Sin embargo, ni él, ni Juan de Ribas, ni Gerónimo de Soria acudieron al ceremonial del rollo y la picota en el Chuquiago, por haber ido a pelear a Porco, donde seguían los levantamientos armados en sus minas. Alonso de Mendoza tampoco asistió a juntas posteriores, como consta en las Actas Capitulares de La Paz y crónicas de los siglos XVI y XVII.

Recibir una nueva ciudad, su provincia y su gobierno era un privilegio; para De Mendoza, fue gratificación, luego de la gobernación de La Plata, por sus eficaces servicios a la Corona. Los dos premios derivaron de negociaciones secretas que tuvo con el presidente de la Audiencia de Lima, Pedro De la Gasca, enviado por Carlos V al virreinato de Perú para acabar con la guerra iniciada en 1544 por Gonzalo Pizarro, Francisco de Carvajal, Diego Centeno y el propio Alonso de Mendoza en los territorios incas conquistados en 1533 por Francisco Pizarro y Diego de Almagro. El conflicto comenzaba a desestabilizar la política de la monarquía en el continente sur.

Los conquistadores, devenidos encomenderos de minas y tierras agrícolas y ganaderas, rechazaron las Leyes Nuevas de Bartolomé de las Casas, porque frenaban el desmedido enriquecimiento y daban protección a los indígenas; el primer virrey de Perú, Blasco Núñez de Vela, quiso imponerlas con rigor, y lo mataron.

Alonso de Mendoza desertó del bando rebelde y se pasó a las tropas realistas, al lado de Alonso de Alvarado, Pedro de Valdivia, Pedro de Hinojosa y Polo de Ondegardo, para exterminar a los sediciosos. Sin embargo, muchos se salvaron, pues, al igual que Alonso, pactaron a cambio de prebendas reales y la suspensión de las Leyes Nuevas.

La consecuencia fue la desbandada de los insurrectos en Jaquijahuana (abril de 1548), donde cayeron Gonzalo Pizarro, Francisco de Espinosa y Diego de Carvajal. Todos los que negociaron con el “pacificador” De la Gasca recibieron cargos en el primer cabildo de la nueva ciudad, que más tarde se llamaría Nuestra Señora de La Paz.

Coco Manto (Jorge Mansilla Torres) plasmó una bella metáfora en artículo reciente: “Alonso de Mendoza hincó su espada en Churubamba, iniciando la historia de la ciudad profunda y escarpada”. Expresar que La Paz fue dos veces fundada o que Alonso de Mendoza clavó su espada en Churubamba no es aberrante. La poesía y la retórica épica tienen licencia para transformar los hechos; la historia, no.

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