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Hombrecitos

Así se gestan, desde siempre, con acciones tales, las luchas por la con-quista de derechos

La Razón / José Luis Exeni

00:00 / 12 de febrero de 2012

Para ellos es un indigno, y de los peores. Cuando 499 de sus temerarios compañeros, alentados por sentimentales madres, padres y hermanas, decidieron abandonar las aulas porque tendrían que compartirlas —qué horror— con diez mujeres, Juan NN, impávido, decidió quedarse. Así, mientras afuera había marcha de protesta, él y ellas, juntos, departían. Juan NN, para la caterva, es un traidor.

Vea usted. El tradicional y poderoso Colegio Nacional Bolívar, en la ciudad de Cochabamba, está a punto de cumplir un siglo. Y como añejo colegio “de varones” que se respete, quiere celebrarlo invicto. Si en 99 años ninguna alumna mujer pisó sus aulas, ¿por qué habrían de hacerlo ahora? Los aguerridos varones, en honor a sus rapados principios, quieren darse cabeza con cabeza ellos solitos. Así lo entendieron (casi) todos. Todos menos uno. Todos menos Juan NN. Y es que de antiguo se sabe que hasta en las más amansadas familias del Señor (ese hombre adulto blanco heterosexual), siempre habrá algún disidente que, contra las bendecidas costumbres, opte por el Sí cuando el coro agita el No. Ah, los contreras. Así no hay orden posible.

¿Pero cuáles son las razones para rechazar a las muchachas en el hombruno colegio? Son tan sencillas como categóricas. La primera es incontestable: “no hicieron fila para inscribirse”. Y claro: no la hicieron porque las hostigaron para que no la hagan. “¿Por qué la quieres exponer así a tu hija?, ¿por qué aquí siempre?, ¿la quieres prostituir?”, le advirtieron a una mamá. Se lo decía otra mamá, de un hombrecito. Las otras tres “razones” merecen estar en una antología provincial del absurdo con pene-penita-pene: no las queremos porque son mujeres, no son bienvenidas porque no las conocemos y no pueden estar aquí porque ¡no se podrán rapar la cabeza! Qué tal. Si hasta para oponerse resultó creativo nuestro podado Club de los 499. Razones sencillas y categóricas, entonces, pero majaderas.

Volvamos a Juan NN. ¿Cómo es posible que, contra todo pronóstico y evidencia, haya resuelto darle la espalda a su medio millar de camaradas, arriesgándolo todo, para quedarse a conversar con una decena de extrañas con mandil blanco? ¿En qué cabecita, también rapada, cabe semejante decisión? “Yo he venido al colegio a estudiar”, dice imperturbable. Para discriminar están los otros y su briosa parentela.

¿Y por qué las alumnas, sabiéndose censuradas, insisten en convertir en mixto, por “imposición de las autoridades”, un colegio desde siempre reservado para ellos? ¿Qué les cuesta irse a un colegio ya combinado o, mejor, a un espacio sólo de ellas? ¿Qué afán tan tenaz de exigir igualdad y rebelarse contra la discriminación? “Nosotras somos fuertes y vamos a seguir con nuestra lucha”, aseguran. No claudican.

Van cinco días de resistencia. Y hasta ahora, arropadas por las autoridades educativas, escoltadas por la Defensoría y con la complicidad de Juan NN, las diez mujeres están en el Colegio Nacional Bolívar y, convulsionando la tradición, desobedientes, no piensan irse. “No nos amedrentarán, no nos vamos a dejar vencer”, certifican. Y el Club de los 499, aturdido, rumiando ayeres, no logra conciliar el sueño.

Así se gestan, desde siempre, con acciones tales, las luchas por la conquista de derechos. Así se van combatiendo la exclusión y sus territorios exclusivos que separan, segregan, discriminan. Así se derrota la intolerancia. Así se comprueba, en fin, en una sociedad patriarcal, que los indomables hombrecitos, rapados en esencia, les tienen miedo a las muchachas. (Casi) todos ellos. Todos menos uno. Y uno son millones.

Juan NN es un hombre que, libre de prejuicios —lo ha demostrado—, no habita en las cavernas. Sus compañeros le amenazan con “degollarlo”. Lo esperarán a la salida, valerosos, los 499, para molerlo a golpes. Cobarde, le dirán. No puedes con nosotros, le harán saber. Pero él seguirá en el aula. Tiene integridad y coraje. ¿Y las diez mujeres del incordio? 99 años después, celebremos, habrán llegado para quedarse. Hay esperanza.

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