Columnistas

Horizontes calientes

La falta de alimentos y de las principales necesidades básicas afecta hoy a la mitad de la humanidad.

La Razón (Edición impresa) / Édgar Arandia

00:00 / 17 de noviembre de 2013

Durante las décadas de gobiernos neoliberales, las grandes transnacionales enriquecieron hasta el paroxismo a pequeños grupos de poder y, al mismo tiempo empobrecieron a grandes grupos humanos hasta la pauperización.

El lumpen proletariado terminó siendo un esquema del pasado, y la clase pauper, una inquietante presencia del presente. Estos grandes conglomerados humanos que avasallan las periferias de las grandes y pequeñas urbes nunca tuvieron un trabajo estable y permanente, un salario mensual, seguro, vacaciones pagadas y, por supuesto, aguinaldo.

Los líderes de la insurrección de octubre de 2013 eran personas de esta condición. Vale decir, no tenían nada que perder, pero sí un mundo, muy lejano, que ganar. Los enormes bolsones de emigrantes que fundaron nuevas villas y barrios en El Alto eran los desplazados del 21060, los mismos que organizaron y fortalecieron a las organizaciones sociales en el Chapare y en San Julián, y generaron nuevas poblaciones rurales. La estructura sindical de los cocaleros es fruto de aquello. El ejército de desempleados que se convirtieron en gremialistas, contrabandistas y comerciantes de múltiple vocación son la expresión de las asimetrías y desorden administrativo que dejaron las imposiciones de los grupos de poder, que enajenaron los recursos naturales como en un remate de th’anta khatu.

El grado de anomia que instalaron en la población era palpable. La desideologización de los jóvenes para tener los escenarios despejados de descontentos y estimular la banalización de la sociedad de consumo nos ha dejado su impronta sellada en la falta de interés de la juventud en la política. Me atrevo a decir que las nuevas generaciones, en un gran porcentaje, están despojadas de utopías y carecen de una brújula ante la crisis civilizatoria que ya es irreversible.

Somos considerados pueblos periféricos, pero hemos asumido nuestro legítimo derecho de reivindicar la apropiación de nuestros recursos para garantizar nuestra sobrevivencia, y este acto representa para los grupos de poder una amenaza.

Las crisis alimentarias y de acceso a las principales necesidades básicas afecta hoy a la mitad de la humanidad, al tiempo que una minoría, siempre más pequeña, ubicada en los países ricos, derrocha. Wim Dierckxsens, del Observatorio Internacional de la Crisis, devela que existe un capital ficticio en forma de acciones, títulos de deuda pública y privada como representación del capital real. La crisis civilizatoria no sólo se expresa de esta manera, sino también en el ethos de las sociedades, en su manera de concebir el mundo capitalista y sus placeres individualistas.

Uno de los clarines más resonantes de este horizonte no es precisamente un esclarecido pensador, sino uno de los líderes del denominado Primer Comando de la Capital (PCC), una organización criminal de Sao Paulo cuya estructura militar, administrativa y logística pone en jaque a las policías del mundo.

Marcola, su máximo dirigente, dice: “Yo soy la señal de estos tiempos. Yo era pobre e invisible. Ustedes nunca me miraron durante décadas y antes era fácil resolver el problema de la miseria. El diagnóstico era obvio: migración rural, desnivel de la renta, pocas villas miseria, discretas periferias. La solución nunca aparecía… ¿Qué hicieron?, nada. ¿El Gobierno Federal alguna vez reservó algún presupuesto para nosotros? Nosotros sólo éramos noticia en los derrumbes de las villas en las montañas. Ahora estamos ricos con la multinacional de las drogas. Y ustedes se están muriendo de miedo. Nosotros somos el inicio tardío de vuestra conciencia social… La propia idea de solución es un error. Sólo si hubiera una inmensa voluntad política, una revolución en la educación, urbanización general...”.

Marcola dice otras cosas más, aquí cerca, es nuestro vecino.

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