Columnistas

Horror vacui 2

En esta ciudad no tenemos un resquicio de paz en nuestro enloquecido paisaje urbano

La Razón (Edición Impresa) / Carlos Villagómez

01:37 / 02 de septiembre de 2014

El tema de nuestro horror al vacío da para muchos reprises, porque en esta ciudad no tenemos un resquicio de paz en nuestro enloquecido paisaje urbano. Toda superficie debe ser pintada o garabateada con cualquier letrero o gráfico y la contaminación visual en La Paz llegó al extremo más impensado. Las noticias dan cuenta que ya pintaron con publicidad los techos en algunos barrios para que los usuarios del teleférico los vean. ¿Se dan cuenta del extremo? Ahora, ni siquiera las cubiertas de nuestras casas se libran de esta plaga de las imágenes. Cuando inauguraron ese medio de transporte comentaba con algunos amigos (en son de chiste) que los paceños descubriríamos millares de superficies no pintadas: las cubiertas. Y ahí esta, no tardaron ni dos meses en pintarrajearlas.

Nuestra ciudad-cartel no termina de sorprenderme y, aunque suene a exageración, ya le tocará el turno a las calles, a las aceras y todo cuanto se pueda pintar. Es nuestra marca estética y está indeleble en nuestra genética: es el horror vacui andino.

Esta búsqueda desesperada de embadurnar todo se renueva ahora con avances tecnológicos que, en nuestras manos, dan pavor: las gigantografías y las luces “led”. Y vaya que le damos duro a estos nuevos chiches. Si uno fuera astuto y abriría una empresa de “ploteo” se llenaría de plata con gigantografías; tendría interminables clientes en bancos que publicitan su usura, empresas de telefonía celular que no dan lo que prometen, “malls” henchidos de comida chatarra, supermercados que descuentan sus sobras y candidatos que quieren ver sus rostros ampliados hasta de 20 metros de altura. En septiembre y octubre, cuando se libere la propaganda electoral abierta, no tendrías pausa en tu negocio, además, lo jinetearías sin temor alguno. En esta ciudad nadie te multa por la contaminación visual. 

Pero nuestras manías expresivas no terminan ahí. Cuando llega la noche y pensamos que, con la oscuridad, podemos descansar un poco de semejante carnaval visual se prenden las luces “led” y continúa el jolgorio multicolor en tiendas, puentes, obras e incluso en nuestros edificios más representativos. La perla de todos es el edificio de la Asamblea Plurinacional, que brilla en la plaza Murillo como un casino de Las Vegas. ¿Juegan con nuestra política en una ruleta?

Ironías aparte, es bueno volver a reflexionar que toda esta expresión desmedida nace de nuestra mezcla religiosa que muchos llaman sincretismo. Producto de la amalgama entre lo ancestral y lo más churrigueresco del invasor español, nace este inveterado horror al vacío que es tan lejano a la austeridad visual del ser calvinista y luterano, que a los andinos urbanizados nos aburre soberanamente.

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