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Huellas del tiempo

Hacer una minería sustentable y amigable con el entorno es ya una obligación

La Razón (Edición Impresa) / Dionisio J. Garzón M.

03:14 / 12 de junio de 2015

Hace muchos años cuando comenzó esta columna dedicada al análisis de los vaivenes de la minería boliviana, parecía una tarea con muy pocas alternativas en un mundo donde la industria minera es poco más que mala palabra, por el denodado empeño de instituciones anti-minería cuya lucha sin cuartel por desprestigiar y torpedear megaproyectos mineros en el continente, con la muletilla de la contaminación ambiental, había cobrado fuerza inusitada. Pese al augurio y gracias a la cobertura de La Razón que celebra estos días su cumpleaños 25, la columna ya tiene personalidad propia y una apreciable cantidad de seguidores en la edición escrita del periódico y mucho más en su edición digital.

Al margen de intereses personales o corporativos, se ha tratado de analizar el sector minero desde mucho antes de los primeros intentos de cambiar la Constitución Política del Estado (CPE), durante el tiempo de la Asamblea Constituyente y cuando se promulgó la nueva CPE el 7 de febrero de 2009. Después, en los ajetreos posteriores por cambiar el neoliberal Código de Minería (Ley 1777) para adecuar una nueva ley a la CPE, cuando los escarceos de empresarios, trabajadores asalariados, cooperativistas y personeros del Gobierno llegaron al máximo por influir en su redacción; también durante el penoso “parto de los montes” que fue su promulgación (Ley de Minería y Metalurgia de 28 de mayo de 2014) después de más de tres años de luchas sectoriales.

A lo largo del tiempo y según mandaba la coyuntura, los escritos hablan de la estructura del sector minero, de Comibol, de los cooperativistas, del low profile de nuestros empresarios, del empoderamiento del subsector informal cooperativo, de pequeñas empresas artesanales y de pequeños comercializadores, que ya facturan más del 10% de las ventas del país. Hablan también de las movidas políticas que hacen al manejo poco ortodoxo de la minería del país, de su eterno lamento sobre su potencial minero mil veces nombrado y nunca desarrollado, de lamentos de áulicos y arrimados al poder y de soñadores del retorno a la economía neoliberal. También de algunos oportunistas y outsiders que se animan a opinar y aún a luchar por acceder a la estructura superior de la industria. A veces la tentación llevó a escribir sobre tópicos tan variados como el hundimiento del Cerro Rico o los problemas estructurales de la carretera Cochabamba-Santa Cruz en Confital, o a filosofar sobre el significado de la historia de nuestra minería y sus perspectivas, de nuestro servicio geológico y su pobreza franciscana, de los barones del estaño y su legado, de la nacionalización del 52 y de aquellas de los tiempos recientes y un largo etcétera.

Estas huellas quedarán como testimonio de esfuerzo y contribución más allá de los hitos actuales, mientras podamos aportar al debate en uno de los sectores clave del desarrollo nacional, que no solo es historia sino, presente y futuro de la economía. Todo lo que hacemos en el planeta tiene que ver con metales y minerales, y los cantos de sirena de los antimineros también se difunden gracias a la tecnología actual basada siempre en componentes metálicos. Hacer una minería sustentable y amigable con el entorno es ya una obligación, que paso a paso se cumple por empresas y operadores; y mantener estándares de calidad cada vez mayores es el reto inmediato. Esta columna seguirá más allá del presente, mientras la acogida de La Razón permanezca más allá del festejo de sus 25 años de aporte a la información y al desarrollo del país. ¡Felicidades! 

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