Columnistas

Hugo Chávez

La obra de Hugo Chávez marca un tiempo esencial en la historia democrática de América Latina.

La Razón / Eduardo Rodríguez Veltzé

00:00 / 17 de marzo de 2013

La llamada del entonces presidente de Venezuela, Hugo Chávez, fue la primera comunicación que recibí en el despacho presidencial cerca al mediodía del 10 de junio de 2005, ingresó apenas ocupaba mi escritorio en el Palacio Quemado. Franco y directo, me comentó que había seguido los acontecimientos de la transición gubernamental, y ofreció toda su colaboración y asistencia al pueblo de Bolivia y a mi gobierno.

Nos reunimos por primera vez en Nueva York, coincidiendo con la celebración de la 60a Asamblea de las Naciones Unidas. La cita se demoró por lo prolongado de su encendido discurso, pero resultó útil para tratar una agenda de temas bilaterales pendientes. Volvimos a compartir durante algunas cumbres de jefes de Estado, en las que generalmente era el protagonista polémico, gran orador y bien informado, provocador, irreverente con el protocolo pero de nítidas convicciones en su proyecto político y sus visiones sobre la región y el mundo.

Exuberante en su cordialidad y franqueza, intercambiamos reflexiones sobre el proceso electoral boliviano, que acompañaba de manera muy próxima, e incluso discrepamos sobre la intervención de su representación diplomática en La Paz. La última vez que conversamos fue en enero de 2006, durante la transferencia de mando al presidente Evo Morales.

La vida y obra del presidente venezolano Hugo Chávez marcan un tiempo fundamental en la historia democrática de Venezuela y de Latinoamérica. Más allá de las adhesiones o las discrepancias a su proyecto ideológico, fue un actor clave en la consolidación de los procesos democráticos de la región, que no estuvieron —ni todavía están— libres de sobresaltos políticos. Impulsó la transformación del orden constitucional de varios países con el sello de nuevas visiones y roles para la participación ciudadana y el Estado; y alentó la creación de nuevos organismos de integración regional.

Su dramática agonía y fallecimiento, las expresiones de dolor de su pueblo y las concurridas exequias fúnebres abren también una inexcusable reflexión sobre los desafíos pendientes en Venezuela y en nuestros países. Tal vez los más importantes tienen relación con la vida y la muerte, con la indolencia con la que se asumen calamidades todavía tan evidentes: hay demasiadas defunciones por enfermedades prevenibles, curables o por desnutrición; hay excesiva indiferencia frente a las muertes por la violencia o la criminalidad callejera, vinculada a la pobreza, el desempleo y la exclusión; hay una inexplicable ausencia de política global que sustituyan la fracasada “guerra contra las drogas”, que hasta ahora sólo suma decenas de miles de víctimas en todo el continente; y hay demasiado gasto militar para una región que apostó por la paz y la confraternidad.

En Venezuela se avivan las tensiones entre quienes siguen su legado político y aquellos que se le opusieron y hoy compiten por reemplazarlo.

Afortunadamente rige un sistema democrático que permitirá, una vez más, que sea la gente la que elija al sucesor de Hugo Chávez. Todas las imperfecciones, errores o desaciertos de su tiempo sólo podrán ser resueltos con más democracia, más plural y tolerante.

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