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Hugo Montero, acusado de locura

La locura sazonó su poesía, pero fue ésta en definitiva la que lo liberó, la que lo salvó.

La Razón (Edición Impresa) / Ricardo Bajo Herreras

01:31 / 26 de septiembre de 2018

Aquí va el poema / que un día entre sonrisas / me dijiste que un relance / le roba el tiempo avaro / un retazo de dicha / trocado en madrigal / Panacea. / Pasó el tiempo… / ¿Escribir es acaso resucitar?”. (Panacea, 2001).

Hugo Montero Añez, acusado de locura, vivió 65 años en el Instituto Psiquiátrico Nacional Gregorio Pacheco de Sucre. Allí llegó una tarde de junio de 1951, después de un extraño suceso. Tenía 20 años apenas. Cuando era un prometedor estudiante de Derecho, una mañana apareció debajo del escritorio de su oficina del Colegio Militar de Aviación y fue internado en el hospital cruceño San Juan de Dios. Ese día su cerebro hizo “click”. Temía acabar en el “Pacheco”; los presentimientos son a veces augurios funestos.

Dicho y hecho: fue llevado a la capital y el manicomio fue su hogar durante más de medio siglo. Diagnóstico: esquizofrenia paranoide, desestructuración de la personalidad. Tratamiento: inyecciones de insulina y electroplexia (electroshocks convulsivos en la sien). “Excitación nerviosa, con esos bromuros se / calmará seguro. / Qué ridículo, doctor, es tu diagnóstico, que me / hace sonreír. / Más tu ciencia tendría que hacer milagros para / curar mi mal. / Mal de los muertos. (Consulta médica, 2004).

Fue dado de alta del “Pacheco” varias veces y siempre regresó, a veces en estado anémico y catatónico. También protagonizó varias fugas (pedía que se libere a los internos de todos los manicomios del mundo). Juraba y perjuraba que él no debía estar ahí. Y es que Montero era capaz de recitar de memoria largos poemas, suyos y ajenos. Era hincha de Rubén Darío, el nicaragüense precursor del romanticismo junto al maestro boliviano Ricardo Jaimes Freyre. Podía recordar fechas y acontecimientos con exactitud, improvisaba versos y regalaba sus dibujos a los visitantes del psiquiátrico. Era una mente brillante, uno de los rasgos de la esquizofrenia. En las primeras décadas, don Hugo recibía la visita de su hermana mayor. Después, el olvido.

Hugo Montero era poeta, el único, quizá, que era loco por decisión propia. “No hay que difamar a la locura, es una virtud, es una fiesta”, decía mientras recitaba, de memoria, Elogio de la locura, el ensayo de Erasmo de Roterdam (1511). Esa locura sazonó su poesía, pero fue ésta en definitiva la que lo liberó, la que lo salvó.

“En esta noche negra y fría / escucho sonar una banda que está muy cercana, / y esa música me trae tu recuerdo. / Me parece que esa música es del mar, / del mar negro que ha sido nuestro amor, / mar negro, siempre negro, / porque en su cielo nunca brilla la esperanza. / Sin embargo, te quiero eternamente / aunque un mar negro sea nuestro amor, / aunque mi corazón se ahogue en el recuerdo / como se agita el mar en la marea. / Y pienso que si tú escucharas el acento de esta / música / sin que tú quisieras movería tu corazón al huracán.” (Mar negro).  

Hugo Montero salió del “Pacheco” en 2004 para presentar su (inencontrable) primera antología poética Penumbras, de la editorial Ajayu. Su editor paceño, apodado Myguel Angel (González), había dictado un taller de literatura en el manicomio; allí conoció al poeta y se convirtió en su mecenas particular. Con el paso de los años, todos los cuadernos manuscritos (con más de 200 poemas) van a desaparecer. Dicen las malas lenguas que un día, “don Huguito”, como le decían en el “Pacheco” las doctoras, entregó toda su obra a Myguel Angel, de quien nada se sabe.

En 2010, Omar Alarcón inició su internado de Psicología en el “Pacheco” y conoció a Montero. Pasó los siguientes siete años filmándolo. Resultado: un documental austero con cámara invisible llamado Mar Negro, de reciente estreno en el último Festival de Cine Radical de La Paz. Hace un año, la obra del poeta resurgió con el libro Panacea (editorial Pasanaku, 2017), que tiene el mérito de incluir versiones aprobadas, ahora sí, por el autor.

Murió en el “Pacheco” el 9 de mayo de 2016, después de una larga enfermedad. Había cumplido 85 años. Su obra es una reivindicación del loco y una panacea de lucidez en contra el encierro; un acercamiento íntimo y emotivo al genio y figura de Hugo Montero Añez, poeta, acusado de locura.

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