Columnistas

Iconocracia o memoria

Los mensajes son tantos y tan acelerados que forman un cotidiano abúlico y desinteresado

La Razón (Edición Impresa) / Carlos Villagómez *

23:31 / 22 de mayo de 2017

Estamos sometidos al poder de las imágenes, la llamada iconocracia. La revolución tecnológica ha impuesto una dictadura icónica, que nos somete con un maremágnum de imágenes y mensajes sin medida ni clemencia. Subsumidos en ella, todos nos creemos fotógrafos o videastas. Inundamos las redes sociales o las massmedia con tal cantidad de información que configuramos otro tiempo, otro espacio y, lo que es peor, otra ética. Los mensajes son tantos y tan acelerados que forman un cotidiano abúlico y desinteresado: ya no sorprenden los horrores o las desgracias. Pasado, presente y futuro parecen solaparse en este nuevo estado iconocrático.

En contra de este estado despótico son los museos institucionalizados los llamados a investigar y exponer principios culturales fundamentales. Ellos trabajan con esa materia inasible y poderosa: la memoria y la identidad. En esa línea, el Museo Nacional de Etnografía y Folklore (Musef) acaba de inaugurar una muestra trascendental para la historiografía boliviana: la obra del fotógrafo orureño Damián Ayma Zepita. Con un trabajo, concienzudo y metódico, los investigadores del Musef han logrado catalogar y salvaguardar la colección de miles de negativos de este excepcional artista boliviano para aportar a la construcción de la memoria documental de nuestro país.

Desde sus 16 años y por un lapso de cinco décadas, Damián Ayma fotografió la Bolivia profunda y documentó esos ignotos territorios y sociedades con un original sentido estético. Retrató el trabajo minero, las labores del campo, las bocaminas, las fiestas, los danzarines, las familias, los deportistas, los eventos políticos en un monumental documento antropológico y etnográfico. Realizó fotografías para procesos de afiliación partidaria, a fin de carnetizar a los compatriotas que pueblan remotos parajes de nuestra geografía. Retrató a centenares de personajes, individuales o en grupo, en una relación iconográfica entre hombre y territorio: una amalgama estética pocas veces lograda en la fotografía boliviana.

Para lograr potencia fotográfica, Cartier Bresson decía que en el instante mágico se deben alinear la mente, el corazón y el ojo. Con esa línea imaginaria se puede eternizar la vida en una toma. En los retratos de Ayma percibes un ajayu eternizado en ese alineamiento, pero en uno de ida y vuelta. En los ojos de cada personaje sientes un ir y venir, un bucle de eternidad entre tu mirada y la de ellos. Así, con ese encuentro visual que condensa identidad y nos hermana a todos, Damián Ayma renueva la bolivianidad y construye memoria de verdad, superando la dictadura de las imágenes en patota o de la moda de las selfis de estos tiempos.

* es arquitecto.

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