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Ida no conoce el mar

No es otra película de monjas. El blanco y negro se pega a tu piel como el dolor, como  el humo del tabaco.

La Razón (Edición Impresa) / Ricardo Bajo Herreras / La Paz

00:00 / 04 de marzo de 2015

Ida no es boliviana, es polaca. Pero tampoco conoce el mar. Y eso que lo tiene cerca, en Gdansk, la antigua Danzig, ciudad portuaria a orillas del Mar Báltico. Ida es una linda monja católica con oculto cabello pelirrojo y pasado-presente judío. ¿Qué tienen las religiones monoteístas contra el cabello de las mujeres? Nunca llegué a entender cómo se pasa de una linda cabellera a la conducta más pecadora, obscena e inmoral del mundo. La tía de Ida se llama Wanda: es una mujer madura, libre, comunista, cínica, histriónica, borrachita, “fumatérica” y gran amante de la música. Escucha y baila canciones francesas, italianas, clásicas (Bach, por supuesto)… ¿Por qué las religiones le tuvieron siempre tanto miedo a las músicas? Bailar es pecado, cantar es demoniaco. Nunca llegué a entender las cruzadas contra el placer, contra el goce, contra la diversión.

Ida sale del convento y visita a su tía, su única familia fuera de la prisión. Y ambas, “una pareja muy graciosa”, comienzan a viajar por Polonia en busca de un hombre que sabe dónde los nazis mataron y enterraron a su familia campesina judía, un hombre que se aprovechó del terror, miró para otro lado y se quedó con su casa y los cristales de colores del establo de vacas.

El viaje es de iniciación para Ida, el viaje es la última pelea para Wanda. La primera conoce las fiestas, el pucho, el baile, el amor y el sexo... y Coltraine (por supuesto), dejando atrás por un momento su “vida de piedra” (Lebenstein es su apellido); la segunda conoce un pasado condenatorio, asfixiante y doloroso, como la vida, como esa herida que nunca cierra.

Ida y Wanda toman el destino en sus manos y se quedan afuera por propia voluntad: la primera renuncia a una vida usual de perro, hijos y matrimonio, y opta por el enclaustramiento; la segunda se quita de en medio el suicidio como el único problema filosófico verdaderamente serio, como decía Camus. Wanda se arroja de repente por la ventana, ya no hay consuelo que valga ahogado en vodka y amantes. Wanda comete su último acto implacable y melancólico, ejerce el derecho de cualquier persona libre: se va de su mundo tormentoso cuando se le canta. Antes ha mandado matar, como fiscal del Estado, a varios “enemigos del pueblo”. En su funeral suena la Internacional: es el fin de la opresión. Wanda es divina.

La película y sus personajes (interpretados genialmente por la joven Agata Trzebuchowska y Agata Kulesza) dan vuelta a mi cabeza días después. También lo llaman “impacto emocional duradero”. Es el mejor síntoma de una buena obra cinematográfica. No es otra película de monjas. El blanco y negro se pega a tu piel como el dolor, como el absurdo, como el humo del tabaco. De la hipnótica pantalla casi cuadrada del cine (por el atípico formato 4:3) todavía emana un ambiente magnético, un silencio de cine mudo, gestos sutiles casi imperceptibles, unas imágenes en primeros planos que gritan, que respiran otra época, unas miradas que recuerdas de películas viejas y raras como las del polaco Andrzej Wajda, el danés Dreyer, el asceta Bresson o el maestro Bergman, el brillo triste de unos ojos como los de Ida y Wanda. Si Ida es un cuadro de Vermeer, Wanda es la dureza orgullosa de Goya.

Ida es la quinta película (la primera en su tierra natal) del polaco Pawel Pawlikovski. Y está —con su hermosa luz y fotografía— en nuestros cines porque ha ganado hace unos días el Oscar a mejor peli de habla no inglesa, porque ha arrasado con todos los premios habidos y por haber. Y porque alguien en Bolivia apostó por la exquisita y rigurosa Ida: la vida amarga, misteriosa y emancipadora de una monja que se encierra y no quiere conocer el mar aunque lo tenga, tan cerca, tan lejos. Como nosotros.

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