Columnistas

Identidad

La Razón (Edición Impresa) / Carlos Villagómez

00:03 / 30 de enero de 2018

Los debates sobre la identidad son apasionados. Muchos creen pertenecer a identidades que otros rechazan, y no falta quien afirma no pertenecer a categoría alguna. Ya seas gregario o lobo solitario, la identidad es un tema difícil y se torna más confuso bajo los dogmas de una secta religiosa, política o de cualquier activismo. Ahí comienzan los equívocos y el tema se aligera perdiendo espesura. Leemos y escuchamos visiones sesgadas por esos dogmas que ven al mundo con visiones maniqueas. Para un marxista, nuestra identidad se resume en burgueses y proletarios, explotadores y explotados; para un católico, en justos y pecadores; y para una feminista, en mujeres y machos patriarcales. De todos ellos quizás los mayores equívocos sobre la identidad provengan de la visión política. Casi todos interpretan el tema como un grosero l.q.q.d. (lo que se quería demostrar), y reducen al ser humano con absolutos innegociables para asignar falsos rasgos identitarios.

El tema se torna aún más complejo en un país como Bolivia, cuya pluralidad social se formó en un vastísimo y despoblado territorio. Hay que reconocer que es difícil asumir la identidad de boliviano con la inmensidad de contrastes sociales étnicos y geográficos que tenemos. Pero, por el contrario, creo que las ciudades (grandes o pequeñas) son cuna de identidades particulares e indelebles. Ser paceño, cruceño o tarijeño es algo más legible, porque son construcciones culturales y artísticas plenas de vitalidad. En esos territorios citadinos, de creaciones colectivas e individuales, la identidad brota sin ambages en fiestas, bailes, comidas, habla, vestimenta, bebidas, pintura, música, arquitectura, poesía, etc.

En esa línea, si la ciudad es la construcción cultural más importante de una sociedad, podemos colegir que ser paceño o paceña sí es un rasgo inobjetable de identidad. Y la ciudad que vivimos en su forma física (el caótico y multiforme paisaje urbano), como en sus múltiples expresiones sociales (imponentes fiestas y los diabólicos bloqueos y paros), es nuestro referente identitario. En suma, una gran ciudad metropolitana o el poblado más humilde otorgan identidad plena para bien o para mal.

¿Alguien puede objetar que La Paz es única? Estimo que nadie. Porque esta realidad, que agobia con su lucha cotidiana, que sobrecoge con su paisaje montaraz, que quema y congela por igual con soles o nevadas, y que aterra con sus escarpados cargados de casas y edificios, es única. Y este amasijo de territorio y cultura se ha encarnado en las personas y ha formado la identidad compuesta, dinámica, dialéctica que tenemos.

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