Columnistas

Ignorado el octavo mandamiento

Suele decirse, no sin razón, que lo primero que muere en toda guerra es la verdad

La Razón (Edición Impresa) / Carlos Soria Galvarro *

00:00 / 23 de abril de 2017

Suele decirse, no sin razón, que lo primero que muere en toda guerra es la verdad; y esto ocurrió también en 1967 durante la guerrilla del Che. El primer choque armado se produjo el 23 de marzo en el cañadón de Ñacahuasu (palabra guaraní que pasó al castellano como Ñancahuazú), en circunstancias en que una de las dos patrullas que buscaba a los guerrilleros cayó en una emboscada tendida por ellos. El comunicado oficial fue emitido el 27, casi cuatro días después de los hechos. Y está lleno de afirmaciones que ninguna fuente militar pudo confirmar posteriormente.

La primera, que el choque se había producido con un batallón de ingeniería ocupado en construir el tramo caminero entre Vallegrande y Lagunillas. Falso. Se trataba de una fracción de la IV División del Ejército con asiento en Camiri, al mando del mayor Hernán Plata, organizada precipitadamente con la finalidad de ir en busca de los guerrilleros. Otra fracción con la misma tarea, aunque con rumbo distinto, la comandaba el mayor Alberto Libera. Los mandos militares tenían ya, a esas alturas, suficiente información sobre la presencia de la guerrilla.

Los militares no llevaban ninguna herramienta ni maquinaria relativa a construcción de caminos. Por el contrario, cargaban una apreciable dotación de armamento: tres morteros con 64 proyectiles, dos bazukas, 16 fusiles máuser con 2.000 tiros, dos pistolas ametralladoras Uzi con dos cargadores cada una, y una ametralladora pesada punto 30 con dos cintas. Además, desde varios días atrás aviones de reconocimiento sobrevolaban la zona, y una de las misiones de las patrullas terrestres era precisamente marcar el territorio para los bombardeos.

El comunicado decía que las bajas (un subteniente, cinco soldados y el guía civil) habían sido primero heridos y luego cruelmente rematados por los guerrilleros. Versión que por supuesto nunca confirmada. A la inversa, nadie pudo desmentir el hecho de que varios soldados heridos fueron auxiliados y recibieron curaciones de urgencia por parte de los precarios servicios sanitarios de la guerrilla.

Afirmaba también que el aviso oportuno de los sobrevivientes permitió una reacción rápida de las tropas de la IV División, apoyadas por aviones de la Fuerza Aérea, que no solamente habría logrado el desbande del grupo irregular, sino también provocado bajas, toma de prisioneros y la captura de enseres y equipos. Nada de esto era cierto. La guerrilla estaba intacta, como lo demostraron sus acciones posteriores. Su primera baja en combate fue la del cubano Jesús Suarez Gayol El Rubio en la acción de Iripití recién en abril. Salustio Choque era el único prisionero, pero había sido capturado el 17 de marzo, cinco días antes del primer combate, cuando se dirigía como mensajero de uno a otro campamento.

Por último, a objeto de despertar sentimientos nacionalistas, el comunicado militar hacía énfasis en la supuesta presencia de cubanos, peruanos, chinos, europeos y otros. La verdad es que, exceptuando dos desertores, dos visitantes y cuatro dados de baja (“la resaca”), la guerrilla sumaba apenas 44 miembros efectivos: 23 bolivianos, 16 cubanos, tres peruanos, un argentino-cubano (el Che) y una argentino-alemana (Tania).

En toda la campaña antiguerrillera las fuentes informativas oficiales mintieron. También dijeron que el Che había muerto en combate y sus restos fueron incinerados y esparcidos, afirmaciones que, andando el tiempo, se demostraron como falsas de toda falsedad y que los mismos protagonistas se encargaron de desmentir. Conclusión: ¡al final de cuentas la mentira no va muy lejos, tiene las patas muy cortas!

* es periodista

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